El Grillo Verde

Mis viajes en moto

Ruta del Loira 2010

Teníamos unos 11 días para gastar en estas vacaciones y nos planteamos varias rutas: Alpes, Italia, Marruecos… Finalmente nos decantamos por el Loira porque parecía la más sencilla y la más turística, además de que para Rocío era su primer viaje en moto y no quería meterme en un viaje excesivamente largo, no sea que fuera el primero y el último.

Intenté dividir el viaje en varias etapas, para abarcar lo máximo posible. Una primera de Madrid a San Sebastián, ciudad que no conocíamos y que teníamos ganas de ver. De allí a Burdeos, ciudad en la que Rocío vivió y que quería volver a visitar. Las siguientes paradas a dormir serían Nantes, Angers, Tours, Orleans y dos paradas más al regreso.

En un principio, intenté organizar el viaje con mapas, de los de toda la vida, apuntando rutas y desvíos. Pero me di cuenta de que así iba a ser imposible, así que compré un GPS en el último momento. Cuando digo en el último momento, quiero decir que me tiré despierto hasta las 3 de la mañana actualizando mapas y metiendo POIS del camino. Para matarme, sabiendo que iba a hacer el viaje hacía dos meses. Tengo que decir que sin este aparatito el viaje hubiera sido una pesadilla. IMPRESCINDIBLE.

A la moto le hice un cambio de aceite y filtro, rueda trasera nueva, apriete de tornillos y engrase de cadena. No necesitaba más.

Para dormir, sólo reservé tres hoteles. Un Tryp en Irún y los F1, en Burdeos y Nantes. Estos últimos porque había leído en internet que son muy baratos y que están muy bien. Luego resultaron una auténtica mierda (ya lo contaré).

El día antes, pongo GPS a cargar, la cámara, los móviles, hacemos las maletas y veo, con pena, que mi cámara “buena”, la Pentax, no me va a caber. Las maletas y el baúl van a tope y quedan cosas que deben ir en la bolsa del depósito. Bueno, no pasa nada… me llevo la compacta y listo.

Miramos el tiempo y parece que hay algunas lluvias y bajada de temperaturas, así que, por si acaso, echamos los forros térmicos de la ropa (bendita decisión).

Nos acostamos nerviosos pensando en la “aventura” del día siguiente. ¿Se portará bien la moto? ¿Aguantaremos nosotros?

ETAPA 1: Madrid – San Sebastián

Por fin suena el despertador, nos vestimos de romanos y salimos. Antes, nos hicimos una foto en el garaje, la primera del viaje:

Está algo nublado, pero la temperatura es perfecta para ir en moto con el traje, unos 23 grados. Enfilamos la A1 con la idea de parar en Burgos, comer y visitar un poco la ciudad.

La temperatura comienza a bajar y apenas pasado el puerto, a la altura del valle de Lozoya, empieza a llover, un ligero chispeo. No pasa nada, son unas gotitas. Paramos en el primer repostaje y tras ver un autobús lleno de monjas con un cachondeo que no veas (cómo cantaban las tías, parecía que iban de viaje fin de curso), seguimos el viaje, poniendo a las chaquetas el forro de invierno, que ya hace fresquito.

Seguimos en ruta y llueve, llueve, llueve… Nos cae la del pulpo. Temperaturas de 13º, velocidad de 90 km/h (no se veía nada). Una auténtica mierda. Rocío está “asustada”, pensando en si el viaje va a ser así. Yo también alucino, miramos el tiempo por el móvil y vemos que dan lluvias y bajadas de temperatura. No sabemos qué hacer, no vamos preparados, apenas llevamos unos forros polares para ponernos encima de las camisetas…

Decidimos seguir hasta Burgos y allí ver qué hacemos. Ni D-Dry de Dainese, ni Gore-Tex, ni leches… Nos cae tal lluvia durante dos horas que todo cala. Bueno, no, se salvan dos cosas. La chaqueta Richa de Rocío, que costó la mitad que mi Dainese y ha resultado ser LA LECHE (189€ en Motocard, aconsejable al 200% para el que busque chaqueta).

Aquí me tenéis, chorreando como un sobre de té:

Y la calada que llevábamos, que nos dejó las manos como recién salidos de la pisci:

Así no podemos seguir. Hay que tener traje de lluvia encima de la ropa y no lo llevamos. ¿Nos volvemos?… Decidimos comer en Burgos, al lado de la catedral antes de tomar una decisión.

Entre que tomamos sopita caliente (cómo entró la sopa castellana), que llamamos a un amigo que nos miró el tiempo en varias webs y nos dijo que la lluvia paraba en Burgos y que en San Sebastián daban sol… Pues decidimos seguir.

¡Menos mal! Fue dejar Burgos (ya sin lluvia) y salir el sol. La temperatura empezó a subir, tanto, tanto, que nos secó enteros… Cuando llegamos a San Sebastián, de los 13º de Burgos, pasamos a 32. Increíble.

¡Estábamos felices! Paramos en una gasolinera a unos 100 km de San Sebastián, para quitarnos ropa de abrigo, porque nos sobraba toda:


Por fin llegamos a Irún, donde teníamos el hotel (localicé una oferta de 40€ un Tryp, el mejor hotel del viaje, sin duda). Dejamos los trastos en el hotel, nos pusimos unos vaqueros y nos fuimos a tener un primer contacto con San Sebastián, para cenar y poco más, ya que llegamos bastante tarde (sobre las 22:00), porque con la lluvia me había sido imposible pasar de 100.

A la mañana siguiente, por fin, hicimos un poco de turismo durante toda la mañana.

San Sebastián es una ciudad preciosa que encima nos regaló un día expléndido (34º), de playa.

Tan bueno hacía, que nos compramos unas cositas y nos fuimos a desayunar mirando al mar:

Hasta la hora de comer, vimos lo más representativo de la ciudad y nos subimos a Igueldo, a disfrutar de las vistas. Dejamos la moto aparcada y nos subimos en el funicular, que es más divertido.


Arriba, hay un antiguo parque de atracciones:

Y, sobre todo, unas vistas espectaculares:

Una vez abajo, visitamos el famoso “Peine del viento”, antes de comer y seguir camino.


Comimos y pusimos rumbo a la siguiente ciudad, ya en Francia… ¡Burdeos!

Etapa II: San Sebastián – Burdeos

Salimos de Sanse sin problemas, quitando el tráfico que tuvimos, ya que era un miércoles y entre que el día era de playa y la salida de los trabajos, nos chupamos algún atasquillo.
Pongo en el GPS la dirección de Burdeos e indico que no quiero peajes. Mi intención es ir costeando por los pueblitos del país vasco-francés y ver el litoral de la costa cantábrica de Francia. Fue un error.
Quería hacerme una foto con el cartel de “Francia”, pero estaba en un lado de una carretera imposible de parar. Se puede decir que llegamos a Francia casi sin enterarnos, parando en el último pueblo español casi de casualidad (y porque yo había leído de la diferencia de precios en la gasolina…)

Llegar a San Juan de Luz nos costó una hora. Atascos permanentes, rotondas infinitas… con los maletones, imposible atajar entre coches.

Paramos lo justo para hacer la foto y continuamos. Después de casi dos horas y media, apenas llevábamos 50 km de camino. Todo era un atasco permanente, cruzar los pueblos se hacía interminable. Harto y agotado, abrasado por el calor del V, cambié el GPS y le dije “llévame por autopista de peaje, por Dioossss”. Coser y cantar.

Ahí tuve mi primer contacto con la autopista y el automovilista francés. Joder, qué diferencia. Todos a la derecha, a velocidad constante y correcta, apartándose para que pases… Eso y el límite de 130, con ese asfalto… Pues “volamos” hasta Burdeos. Eso sí, 38€ de peaje que nos clavaron. Desde ese momento, los peajes estaban prohibidos.

Ojito también con la autonomía… puede haber 100 km entre gasolineras…

Llegamos a Burdeos y buscamos el hotel, un F1 que dejé reservado. Podemos decir que un F1 es un hotel tipo picadero modernito, de los de cagar “a pulso”. Las habitaciones no tienen más que un lavabo y las duchas y baños son compartidos con el resto de planta. Ambos estaban bastante asquerositos, alguno inutilizable porqué algún francés ignoraba el funcionamiento de las escobillas. Bueno, para una noche nos valía.

Nos cambiamos de nuevo a ropa cómoda y nos fuimos a cenar al centro de Burdeos.

Burdeos es una ciudad PRECIOSA, me atrevo a decir que, junto a Parías, la más bonita.

Parece una ciudad española, llena de café con terracitas:

Todo muy animado, con mucho ambiente a pesar de ser jueves.

A la V también le gustó el ambiente de terraceo:

Nos fuimos a dormir al F1 y a la mañana siguiente, tras ducharnos y vestirnos, nos fuimos a la estación de tren de Burdeos, donde por 4€ puedes tener una consigna donde dejar todos los trastos de “viaje” de la moto y moverte por la ciudad sin tener que cargar con todo. Además, nos coincidió la “cow parade” en la ciudad:

La ciudad, como os digo, es preciosa.  Llena de monumentos, palacios e iglesias

Cerca del palacio de la bolsa hay una fuente en la que el agua está a ras del suelo y se puede caminar. Rocío se “arremangó” y se dio un paseíto.

En una de las plazas nos encontramos un circo. Premio para el que descubra por qué le hice una fotillo a los animales:

Comimos y nos fuimos a la siguiente parada, Nantes.

Etapa III Burdeos – NantesAbandonamos Burdeos y las autopistas para seguir a Nantes por las nacionales francesas. Las carreteras son una maravilla o una porquería, según te guste conducir. Límite de 90, asfalto perfecto, pero rectas, rectas y más rectas. Vas pasando por villas y rotondas, con una señalización perfecta. Por norma general, si en algún momento ves que te bajan la velocidad, es porque DE VERDAD hay algo. Y te bajan lo justo.

El problema es que son absolutamente rectas, de las de cuadrar las ruedas, pero el paisaje te lo compensa.

También te cruzas con cientos de motos (increíble la afición, incluso en días de diario) y todo el mundo se saluda.

Llegamos a Nantes bastante rápido, buscamos el hotel, descargamos y nos fuimos a ver la ciudad. En un principio, Nantes parece feo y aburrido. Están en ferias y nos pasamos a ver cómo son. Rocío prueba suerte en la máquina esa de sacar regalos con las pinzas, pero no hay manera de llevarse un souvenir.

Vamos a la parte antigua y poco a poco el concepto de Nantes va cambiando. Resulta una ciudad muy bonita, con casas muy antiguas.

Vimos la catedral:

Y a la salida, una boda que molaba por el coche de la novia:

Comimos en uno de los cafés de la Plaza du Commerce, atestado de gente. Me recordaba a la Latina, en Madrid.

Aquí tenéis una foto de Rocío en una de las galerías comerciales más antiguas del mundo. Si os fijáis, hay escaleras, es como el primer centro comercial que se hizo.

Y, por fin, el primer chateau del viaje, un bonito castillo rodeado de foso y jardines:

Por cierto, que han cambiado los cocodrilos del foso por otros bichos menos agresivos:

Otra vez con todos los trastos y rumbo al siguiente destino…

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Etapa IV Nantes – Saumur – Chinon – ToursSeguimos por nacionales rumbo a Saumur. La VFR, perfecta, aún con todo el peso del equipaje, ¡qué bien se lleva!
El GPS va con la ventosa a la cúpula y ni se mueve, es una gozada llevarlo porque hay muchos cruces y rotondas y contínuamente ves señales de “chateau” que te pueden despistar. Hay que decir que los franceses no utilizan esa palabra para designar sólo a los castillos, también les vale para casonas, villas, palacetes… Así que no hay que confiarse y dejarse llevar, porque al llegar te puedes encontrar una casa grande.

Chinon es el primer gran castillo que vemos. Estaba cerrado por reformas y sólo dejaban entrar a los jardines, así que nos conformamos con verlo por fuera.

Le damos un rodeo en moto y nos vamos a seguir ruta… antes, nos hacemos una foto al salir. Me encanta esta foto, con mis dos niñas:

Aquí tenéis una foto que ilustra muy bien lo que os decía de las carreteras. Rectas, rectas, muy buen asfalto y un paisaje bonito:

Normalmente, hay un lado de girasoles y otro de viñedos. Hay que tener en cuenta que todo el valle del Loira es de las regiones más vinícolas de Francia (mmmmmm)

Llegamos a Saumur, que resultó una villa preciosa, muy cuidada, como casi todo allí. Es totalmente medieval y es un gustazo dejar la moto y darse un paseíto por sus calles.

Tiene un castillo en ruinas

Una fortaleza medieval:

Pero, lo bonito, ya os digo que es pasear por sus calles.

Una vista desde lo alto del castillo:

Nos tomamos un kit-kat, comiendo algo en un café (muy recomendable ir buscando los sitios con “plate du jour”, el menú, muy barato y, generalmente, muy rico y abundante) y seguimos ruta bordeando el río Loira. La carretera, una preciosidad:

Cada poquito, sitios de postal:

Y así, casi de noche ya, llegamos a Tours. Buscamos hotel y encontramos lo que sería nuestra opción habitual, los Bed & Breakfast, hoteles baratos (40€), limpios y con baños en la habitación, ya que el último F1 era ASQUEROSO, con mayúsculas.

En Tours apenas tenemos tiempo de dar una vuelta para cenar y, como era tarde, nos fuimos al único restaurante de verdad todavía abierto, donde nos metieron una pequeña púa por una cena normalita. Vimos el ayuntamiento y nos fuimos a dormir.

 

Etapa V Tours – Chenonceaux – Chambord – Blois – Orleans

Nos íbamos a quedar dos días en Orleans dado que había muchas cosas cerca para ver, entre ellas los dos platos fuertes del viaje, Chenonceaux y Chambord.

Saliendo de Tours, enfilamos hacia el primer gran castillo, Chenonceaux. Es un gran castillo rodeado por jardines y laberintos de setos, sobre el río Loira. No sólo son bonitos los jardines:

Si no el propio sitio, sobre el río:

Por dentro, es enorme, este corredor mide 64 metros:

Lo que más me gustó, la cocina, quizás porque era la hora de comer, jejejeje

Una lástima que estuvieran renovando la fachada:

Comimos en un restaurante la mejor comida del viaje, un plato del día consistente en carne de ternera guisada, acompañada de verduritas y las inevitables patatas fritas. 10€ el menú y era tan abundante que no nos entraba ni el café..
Seguimos y llegamos al castillo más emblemático de Loira, en Chambord. Es el castillo que sale en todas las postales y, la verdad, es una auténtica pasada.

La visita te lleva horas, porque es, de verdad, enorme, lleno de salas, alas, pasillos, torres…

Y, por fuera, los inevitables jardines a la francesa:

Allí compramos la primera pegatina que va a adornar las maletas de la Señorita Pepi y que espero que pronto sea compañada por muchas más:

Sin duda, sólo por ver este sitio, merece la pena el viaje.

Nacional adelante, a pocos kilómetros encontramos la villa de Blois, con su gran castillo palaciego, pero que nos pareció soso después de lo que habíamos visto

Se hacía de noche y nos marchamos a Orleans. Al llegar, el único problema que hemos tenido en el viaje: no encontrábamos hotel. Parece ser que había una gran “manifa” en París, con todo parado, junto con un evento en la universidad, así que todo lo económico estaba ocupado. Al final, a base de llamar a la lista de hoteles que venía en la guía, conseguimos un hotel en pleno centro, a 60€ la primera noche y 53 la segunda.

La razón es que la primera noche dormíamos en la suite “Luxor”, decorada con un gusto… Bueno, digamos que entre macarril y hortera, todo imitando a egipto. Un americano de las Vegas hubiera sido feliz. La parte buena es que estábamos en el centro, podíamos estar un día sin tocar la moto que, sinceramente, ya pesaban los kilómetros.

Así que, aprovechando que en el centro estaba la zona de marcha, no fuimos a abusar de los vinos y apreciar las diferencias entre Burdeos y Borgoña.

La ciudad de Orleans fue una decepción, si llego a saber que es así, me voy a Poitiers o Le Mans. Poca marcha, la mayoría de Erasmus borrachos como cubas. Alguna cosa curiosa, como este enorme árbol de 200 años:

Un par de plazas muy agradables para seguir discutiendo de vinos:

Y las inevitables calles medievales:

Al día siguiente, tras toda una noche diluviando, amanece lloviendo a raudales. Miramos el tiempo y parecía que lo peor venía para el día siguiente, justo cuando nos volvíamos. Temiéndome que nos pasara lo mismo que en Burgos, intento ir a un Decathlon a comprar trajes de lluvia para el regreso.

Estoy dos horas dando vueltas y no consigo encontrar el puñetero Decathlon, ni ninguna tienda de motos, ni nada…

Empapado y acojonado por la que nos espera a la vuelta, me voy al hotel. Por supuesto, es entrar a la habitación y dejar de llover y salir el sol. Por la tarde, una vez localizado (ahora sí) el Decathlon de los cojones, compro los trajes de lluvia. Naturalmente, como podéis imaginar, una vez que tengo los trajes de lluvia, ya no nos vuelve a caer ni una gota  😆

Aprovechamos las últimas horas en Orleans visitando la catedral:

Y viendo como en dos días, en un Kebap tienen los mismos pollos dando vueltas, tenían que estar cojonudos

Por la mañana, cargar todo y ¡vuelta a España!

Etapa VI y VII: El regreso

Con los trajes de lluvia y un ojillo mirando al cielo, iniciamos el regreso. Inicialmente, queríamos hacerlo en tres días. En total, desde Orleans a Madrid tenía unos 1400 km y pensábamos parar en Limoges y Barcelona o Huesca.

Pero llegamos a Limoges muy pronto (fuimos todo por autovía, que son magníficas) y vimos que estábamos muy bien. ¿Seguimos?… Venga, seguimos un poco más, un poco más… Se nos hace de noche cuando entramos en Perpignan. Nos habíamos calzado casi 800 km.

Llegamos muy cansados por la palicilla y resultó que el hotel Bed & Breakfast estaba lleno. Preguntamos en otro que estaba justo en frente y, al mismo precio, era mejor hotel. Pues nada, una duchita, nos ponemos cómodos y nos vamos a cenar a un Buffalo Grill que había al lado. Cogimos la moto y estaba a unos 10 metros  😳 Se nos fue la cabeza, tanto montar en moto, cuando arranco, meto primera, segunda.. y primera para parar (apenas 10 segundos de marcha), me quedé pensando y dije “Bueno… ¿y para qué cojones cogemos la moto?”. Yo creo que fue el cansancio.

En el Buffalo Grill no tenían hamburguesas, ni nachos, ni… Vamos, un Tex-Mex de mierda. Lo mejor, la ostia que se calzó el camarero al engancharse con un zócalo del suelo, uno que sirve de juntas para dos alfombras. Compensó el precio.

De vuelta al hotel, un alemán muy simpático, a bordo de de una CBF 600, me pregunta por mi ruta, ya que se va a recorrer los Pirineos.

Al día siguiente estamos molidos, con agujetas de la paliza del día anterior. Hablamos de lo que queda hasta casa, 600 km y de hacerlo o no del tirón “Bueno, si llegamos, llegamos”

Mi puñetera manía de huir de los pejaes me hace cruzar la frontera y tomar la N-II, en lugar de la de peaje. Un horror. Una vergüenza de carretera, estrecha, bacheada, con 1000 camiones en cada carril.

Notamos que estamos en España porque en cada área de servicio hay dos prostitutas  😯

Cuando por fin consigo tomar una carretera decente, en una parada me encuentro a unos holandeses, camino de Castellón, a bordo de estos grillos:

Lo que hacían es irse turnando cada pocos kilómetros. Dos iban en moto, el otro en el coche con la suya en un remolque. A los 100 km, uno pasaba al coche, subiendo su moto, el otro bajaba la suya y tiraba con el otro  😯

Me subí a una de ellas y la postura era asesina, de aguantar 10 minutos. Menudos tarados.

Y ya puestos a fotografiar máquinas, también vimos ésta:

Ojito a las ruedas del macarra…

En fin, que seguimos después de pagar 3’50 por una lata de CocaCola y comimos en un pueblecito de Lleida, una gente majísima y con una comida muy buena.

Casi a las 10 de la noche llegamos a casa, tras otra paliza de 12 horas en moto, aunque con las agujetas del día anterior, paramos 4 o 5 veces además de la comida. Un poco locura calzarse tantos kilómetros en dos días, pero bueno, ya sabemos cuál es nuestro límite para próximos viajes.

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