El Grillo Verde

Nuestros viajes en moto

Perú – 2003

Hace ya unos cuantos años (casi 12) decidí liarme la manta a la cabeza y marcarme un viaje en moto “de verdad”. Hablando con la que entonces era mi mujer, decidimos que Perú sería un buen destino.

En ese momento yo no tenía moto, así que me puse a investigar dónde alquilar una moto en Perú, cosa que resultó imposible. No quedaba más que comprar algo al llegar allí y revenderlo al finalizar el viaje.

Hablé con varios vendedores, pero ninguno me garantizaba la recompra. Buscando información, encontré la página horizonsunlimmited.com, una pasada para los viajeros en moto. Total, que encontré un inglés que acababa la ruta un día después de llegar yo y que vendía su moto, una BMW GS 80 de las primeras, como ésta:

 

BMW R80 GS Paris Dakar

 

 

No sólo me la vendía muy barata, unas 75000 pesetas de la época, si no que iba muy bien equipada para el viaje, con maletas y depósito de gasolina extra. Había sido de un inglés que recorrió el continente americano con ella y había tenido como 5 dueños que la habían utilizado por todo el continente. Los kilómetros eran desconocidos.. Le pregunté si la moto aguantaría y me respondió “it’s unbreakable” (“es irrompible”)

Para rematar mi suerte, encontré un ruso que iniciaba su viaje por Perú y Chile, justo cuando yo lo acababa y que me recompraba la moto por ¡lo mismo!. Siempre y cuando funcionara, claro.

Con el tema de la moto apañado, quedaba planificar la ruta. Perú es enorme, hay mucha distancia del norte al sur y, además, las carreteras no son de “bueno, me meto por autopista y hago un tramo rápido”. Así que tuve que descartar la zona norte.

El recorrido, dividido en 25 etapas, iba a ser, de forma resumida, Lima, Pisco, Nazca, Arequipa, Puno, Cuzco, Ayacucho y retorno a Lima. Además de la inevitable visita a Machu Picchu, la idea era aprovechar que Perú reúne casi todos los ecosistemas del mundo y visitar costa, desierto, alta montaña, selva…

No os podéis imaginar lo acojonado que estaba. Yo había hecho algunos viajes largos, desde Barcelona a Tarifa en un verano, a Elefantes en Alemania… Pero nada comparado con esto. Los dos días anteriores, no sólo no pude pegar ojo, si no que me entró una cagalera tremenda (literalmente, me iba por las patas abajo). Me salieron herpes en los labios, supongo que de los nervios. Estuve a punto de echarme atrás. Curiosamente, no fue el hacer el viaje lo que me hizo decidirme, si no que las cosas con mi mujer estaban un poco jodidas y ella insistía en que no fuéramos. Sólo por joder y llevarle la contraria, tiré p’alante.

Preparé las maletas con lo que creí lo justo, porque pensaba comprar muchas cosas allí (más baratas que en España) y me pasé la última noche en vela repasando itinerarios, hoteles y demás. Mi idea era alternar hoteles con acampada, para disfrutar más del país.

Curiosamente, después de dos día sin dormir, fue montarme en el avión y chuparme el vuelo dormido. Desde cinco minutos antes de despegar hasta justo el aterrizaje. Casi 12 horas dormido. Mi mujer se había aburrido como una ostra y estaba hecha polvo, pero yo aterricé como una lechuga. Casi me mata cuando le digo “Qué buen vuelo, ¿eh?”.

Aterrizamos en Lima, fuimos al hotel y tras una ducha rápida, nos fuimos a una casa de artículos de montaña a comprar la tienda, los sacos y el resto de aparejos de “aventura”. Fue buena idea dejarlo para allí, porque el precio era, aproximadamente, de la mitad que un “Decathlon”, con artículos de primeras marcas, como North Face y demás.

Nos fuimos a dormir pronto por el cansancio del jetlag y no llevábamos ni media hora en la cama cuando recibimos una llamada del inglés, que ya había vuelto y que si queríamos la moto ya… Entre los nervios y el JetLag, yo estaba como un búho, así que dejé a mi mujer en la cama y me fui.

El inglés, un tío grande. Grande en todos los sentidos. Dos metros y pico, 150 kilos (o más). Su cuello era como mi cintura. Me contó su viaje y se me caía la baba y pensaba “Coño… Qué mañana yo empiezo lo mismo”. También tuve mi primer contacto con la que iba a ser mi moto y compañera durante un mes. Qué fea era, la jodía… Pero como un bulldog, de puro fea me resultaba bonita.

El inglés me forró a consejos y a Pisco Sour, con lo que terminé con la cabeza llena de ideas y de alcohol. Terminamos llorando los dos, viendo cómo se despedía de su “princesa” mientras me la llevaba, zigzagueando por la monumental trompa que me cogí. Fue la última vez que lo ví y ya no podré volver a verlo. Me hizo prometerle que le llamaría cuando volviera, para informarle del viaje y del estado de su “princesa”. Lo hice y su familia me comunicó que había muerto apenas un día después de volver, de un infarto. Me dolió muchísimo, porque en aquellas horas que pasamos juntos, hubo un vínculo muy bonito y compartimos muchos sentimientos, de esos que salen cuando hay un amor común, la moto… Y alcohol, claro. Seguro que está recorriendo el cielo, con la moto de sus sueños, una FJR.

Os podéis imaginar lo que fue el trayecto hasta el hotel. Con una moto que con todo puesto rondaba los 300 kg, que jamás había llevado, que tenía unos años encima, de un estilo (trail) que jamás había probado… Y con un pedal de narices. En fin… Juventud, divino tesoro y mi ángel de la guarda currándose el ascenso. El caso es que llegué al hotel sin sucesos graves y me metí en la cama sin quitarme siquiera la ropa.

Al día siguiente (unas horas después, más bien), el de la partida, yo estaba que me moría. La cabeza estallándome, con vómitos… Y mi mujer histérica diciendo que cómo era capaz de irme de copas el día antes de salir de viaje, teniendo que conducir. Algo de razón no le faltaba, es verdad. En fin, que viendo cómo estaba el percal, hicimos un cambio de planes y nos quedamos en Lima a hacer turismo, que era lo que teníamos previsto para los últimos días, cuando volviéramos. Lo arreglé todo con los hoteles que teníamos reservados y listo.

No os voy a contar cosas turísticas, quiero centrarme en lo referente a la moto, así que deciros que Lima es grande, pobre y llena de manguis. Y de lo más feo de Perú, que me perdonen los limeños.

Yo estaba deseando empezar ruta y dos días después, entonces sí, en plenas facultades físicas (las mentales no las he tenido nunca), hicimos la maletas, cargamos la moto y nos despedíamos de Lima y tomábamos esa autopista imaginaria que es la vía Panamericana (por Dios, que nadie cante la jodida cancioncita).

Lo de imaginaria es porque la autopista, supuestamente la mejor vía por la que íbamos a circular, resultó ser una vía con dos carriles por sentido, con socavones de medio metro de profundo, repleta de piedras que nos lanzaban los camiones, neumáticos, coches abandonados que, a veces, ni siquiera estaban en el “arcén”, si no en medio de un carril, basuras y cualquier obstáculo que puedas imaginar. La conducción, absolutamente demencial. Los camiones eran los dueños absolutos. Nos echaban de la carretera con un bocinazo. Tenía que salirme al arcén porque NO frenaban ni se cambiaban de carril para adelantarme. Simplemente, hacían que el que circulara más lento se apartara. Nadie señalizaba nada, nadie respetaba nada. La ley del más fuerte en la carretera.

Los arcenes plagados de cruces, accidentes contínuos… Apenas recorrimos 30 kilómetros y me paré en una supuesta estación de servicio, con los nervios destrozados, pensando “qué hago aquí”. Había evitado tantos accidentes que había perdido la cuenta de las veces que había pensado “ostia, ostia, me la doy, me la doy…”. Seguir así era demasiado peligroso.

Estaba pensado qué hacer, mientras mi mujer lloraba diciendo que ella no seguía, cuando vino un policía en moto, una Yamaha Xt 350.

Como en las películas, se bajó, se quitó el casco y en plan chulesco sacó unas gafas de sol y se las puso. Nos animamos pensando que quizás podría ayudarnos, no sé cómo. El poli miró la matrícula, amarilla de UK, se acercó a mí y me dijo:

– Señor, circulaba usted muy aprisa.

De coña. ¿Muy rápido? Joder, si tenía que ir a 20 por hora para no matarme en un bache.

– No, no, imposible… Mire, si precisamente me voy jugando la vida por ir despa…

– No, señor, usted circulaba muy aprisa. Así no puede seguir circulando. Tengo que retener su moto.

– ¿Retener la moto? Pero… Si yo no circulaba “aprisa”, si yo voy despacio porque…

– Señor, circulaba usted muy aprisa.

Tras cinco minutos de conversación de besugos, recordé uno de los consejos del inglés. Así que con voz bajita y como disimulando, le dije:

– Bueno… Agente, retener la moto es un gran perjuicio para mi viaje. Quizás podemos arreglarlo para que me pueda marchar.

Palabras mágicas. Sonrisa en el rostro del poli, que se convirtió en todo amabilidad. Me dijo que quizás con 10 soles llegaría a pagar la multa. 10 soles eran unas 300 pesetas. La madre que me parió, el mal rato que me había hecho pasar por semejante mierda de soborno. Iba a soltar la pasta sin rechistar cuando tuve una iluminación y, sacando el mapa, le conté al policía dónde quería ir y si era posible ir por otra carretera que no fuera la dichosa Panamericana.

– Sí, señor. Hay otra pista, pero es muy difícil llegar para el que no la conoce y es fácil perderse, puede que le pase algo y quedará sólo…

– Ya… Digamos, agente, que yo le compenso por su tiempo y usted me acompaña.

– ¡Ay!, señor, la policía siempre protege, claro. Pero mire, aquí no tenemos medios, yo me pago la gasolina, las comidas.

Resumiendo, por una 1500 pesetas, una menú de 150 pesetas y dos depósitos de XT, partimos hacia Pisco con una escolta policial, sin volver a recibir una pitada, sin preocuparnos de camiones ni baches (el tío se conocía cada obstáculo del camino). Eso sí, os aseguro que los 240 kilómetros que separan Pisco de Lima fueron el equivalente a 1000 por nuestras carreteras. Absolutamente agotadores.

En Pisco buscamos el hotel y nada más cerrar la puerta de la habitación, tuve una monumental bronca con mi mujer. El trayecto había minado su moral y ¡era el primer día!. En realidad, ella nunca había querido hacer el viaje y, simplemente, se agarraba a cualquier excusa para echármelo en cara. Entendí entonces que esto era el fin. No del viaje, que pensaba seguir, si no del matrimonio. Demasiado diferentes. Esto no se lo dije a ella, intenté razonar un poco, pero no había manera. Lloraba y se quería volver a casa.

Bajé a dar una vuelta por Pisco a despejarme un poco y vi llegar al hotel un autobús turístico. Tuve otra iluminación y me acerqué a la guía.

– Perdonen… ¿están haciendo ruta por Perú?

– Sí señor, es un viaje organizado.

Una idea cobró forma en mi cabeza. Le pedí que me informara de su ruta, de las fechas, etc… Prácticamente era calcado a mi recorrido, porque yo lo había preparado precisamente copiando la ruta de uno de esos tours. Tenían sitio para otra persona, sin problemas…

Así que subí a la habitación, se lo conté a mi futura exmujer y accedió a irse en el tour. Ni siquiera se preocupó un poco porque yo siguiera el viaje solo, lo que me hizo pensar que ella estaba tan harta de mí como yo de ella. Aquella noche, dormí como un bebé. Francamente, me había quitado un peso de encima, en todos los sentidos. El viaje me apetecía mucho más hacerlo solo que acompañado por ella.

Con la moto aligerada, decidí replantearme la ruta. Fuera autopistas. Iría por pistas y carreteras secundarias y que fuera lo que Dios quisiera. Busqué un taller en Pisco y monté ruedas de tacos nuevas, algo que debí hacer en Lima y que había resultado ser un error. Con mi mentalidad europea, había pensado apurar las que tenía la moto, pensando que ya las cambiaría más adelante. Pero el mal asfalto devoraba las ruedas y los talleres de motos con ruedas para una BMW se contaban con los dedos de la mano en Perú.

Así que, además del cambio, me hice con otro par de ruedas que amarré a la moto. Compré provisiones y agua y lo necesario para alejarme un poco de la “civilización” y tras visitar Pisco con mi mujer, nos despedimos para separarnos.

Al día siguiente comencé la ruta solo, por una pista que me llevaría a mi siguiente destino con un buen rodeo por evitar la autopista. Pero no me importaba, tenía un presentimiento de que el viaje iba a mejorar.

Asombrosamente, circular por pista resultaba mucho más cómodo. Simplemente, sabías que ibas por pista y esperabas baches, arena y piedras. Es una cosa rara, quizás sea algo psicológico, en carretera no esperas arena y frenas… En pista, sabes que hay arena y tiras. Recordé mis años de cross y enduro y pronto me vi circulando más ligero que en carretera, conociendo a la mastodóntica GS, que te obligaba a anticipar los movimientos.

También comencé a conocer al verdadero Perú, el alejado de las masas. Casas de adobe, gente muy, muy pobre, niños trabajando, zonas abolutamente desérticas. Llegara a donde llegara, bastaba un “Buenos días” a alguien para ser recibido con una sonrisa. El concepto de hospitalidad cambió completamente para mí. Llegar a un poblado y que tras preguntarte de dónde eres te inviten a su casa y te estén dando de cenar la mitad de lo que tienen ellos para una semana… Ves que alucinan con tu agua embotellada, de lo transparente que es. Ves que sacas una chocolatina y los niños lloran de lo bueno que está eso (con la de cacao que hay en Perú). En fin… Que te hace plantearte muchas cosas.

Aquella primera noche de lo que decidí llamar “el viaje de verdad”, dormí en una cabaña de un pueblecito minúsculo, del que no recuerdo ni el nombre. Una cabaña a la que me invitaron a dormir a los dos minutos de conocerme. Sin aceptarme absolutamente nada a cambio, aparte de una conversación y un cigarrillo. En todo el viaje, jamás me aceptaron nada por comer, por dormir… Uno siente vergüenza ajena cuando piensa en cómo tratamos nosotros a los peruanos.

Continué mi viaje, siempre por carreteras secundarias, abandonando el mapa, porque la mayoría de las pistas ni venían marcadas, y comenzando una “navegación” a base de brújula, puntos de referencia y preguntando mucho. Muchas veces abandonaba las pistas de tierra y seguía auténticos caminos, haciendo enduro. Tuve un par de caídas, en algunos tramos difíciles, lo que me hizo tranquilizarme. Una simple pierna rota puede ser una catástrofe cuando estás en medio de la nada, sin un teléfono y en un camino por el que no sabes si pasará alguien. Esto me hizo comprender que quizás me estaba pasando con lo de la aventura y volví a las carreteras secundarias. Gracias a Dios, la moto era un tanque, no me dio ni un solo problema que no se pudiera arreglar. Hubo un tramo que la moto rateaba y casi no andaba, pero simplemente era una bujía aflojada.

Fui cumpliendo más o menos mi recorrido, siempre costeando por el lado del Pacífico, hasta llegar a la preciosa ciudad de Arequipa, en Perú, a la sombra de los imponentes volcanes. Ahí paré dos días para reencontrarme con mi mujer y para comprobar que las cosas con ella iban todavía peor. Tanto, que decidí, secretamente, que desde ese momento iba a tener “imprevistos” para no volver a coincidir hasta el día de regreso.

La parada de dos días no sólo era por lo mucho que hay que ver en Arequipa y alrededores, si no por irme aclimatando física y mentalmente para la etapa más dura del viaje, el altiplano. Como su propio nombre indica es plano, muy plano. Y está alto, muy alto. Si alguno es montañero, sabrá lo que es el mal de altura. El altiplano engaña mucho, porque miras y sólo ves una planicie, no es montañoso. Pero hay zonas en las que estás a 6000 metros de altura, y eso es mucho.

No tardé en comprobarlo en mis carnes, nada más salir de Arequipa… En mis carnes y en mi mecánica. Yo había notado que la moto no iba fina en los últimos días. La sensación que tenía era de ir ahogada, como si el aire (los más viejos lo recordarán) fuera tirado. A medida que ascendía, la sensación aumentaba. Hasta que caí en que lo que ocurría era, simplemente, que a esa altura, a la moto, todavía de carburación, le faltaba oxígeno en la mezcla.

Estuve toqueteando lo que yo creía que era la carburación, con mi poca experiencia en este ámbito, sobre todo con motores de dos tiempos. Al final, conseguí que la BMW de 800 tuviera una punta de 50 km/h pero que, por lo menos, no se calase obligándome a estar casi de contínuo tirando de embrague para superar los obstáculos más simples.

Según mi mapa, estaba a unos 5500 metros de altura y parecía que la cosa iba medio bien. Tenía dolor de cabeza y estaba agotado. Andaba un kilómetro por la pista que el nefasto Fujimuri había construido y descansaba 5 minutos, totalmente asfixiado. Pero, al menos, avanzaba.

Había hecho caso de la sabiduría popular y llené una bolsa de hojas de coca. Que nadie se asuste, la hoja de coca no tiene absolutamente nada que ver con la cocaína. Su efecto es contrario, es calmante. Para obtener la droga, hay que hacer mil perrerías tóxicas a las hojas. Yo iba continúamente mascando hojas tal y como me habían enseñado, pero sólo lograba tener la lengua dormida.

Entonces, sucedió la “tragedia”. Parado en uno de los descansos, a apenas 100 metros de mí, surgió un rebaño de llamas, alpacas o vicuñas, no recuerdo. Eran dos adultos y un montón de crías. Yo estaba sentado en una piedra, así que salí hacia la moto a por mi cámara y volví corriendo a la piedra para sacar la foto.

Recuerdo com si hubieran dejado caer un telón rojo delante de mí. Las piernas no me sostenían. Caí al suelo.

Cuando desperté, había pasado media hora. La cabeza, simplemente, me estallaba. Me moría de sed, veía nublado y no me avergüenza decir que me había hecho de todo encima. Me arrastré hacia la moto y conseguí el agua. Inmediatamente me sentí mejor. Estuve un buen rato sentado, me hice un té de hojas de coca, comí algo, pero lo vomitaba todo. Estaba en medio de una pista “transitada”, pero el problema es que los tours tienen las fechas en función de los vuelos y se ve que no coincidía ninguno. Tampoco pasaba ningún peruano.

Quedaban unas horas de luz y tenía que avanzar algo o buscar un sitio donde plantar la tienda, porque por la noche la temperatura desciende hasta varios grados bajo cero.

Juntando las fuerzas que pude, monté en la moto. Apenas podía avanzar unos metros hasta marearme y quedarme sin aire. Paraba, recuperaba el aire, dejaba que me bajara el pulso (lo tenía disparado) y avanzaba un minuto o dos con la moto casi al ralentí.

Finalmente, tras casi una hora andando, miré hacia atrás y todavía podía ver dónde me había dado la “pájara”, así que no debía haber avanzado más de un kilómetro en una hora. Incapaz de sostener la moto y poner la pata de cabra, la dejé caer.

Sabía que el mal de altura se pasa con reposo o, mejor aún, descendiendo. No es tontería, pues hay riesgo de embolia pulmonar, derrames cerebrales, etc…

Así que planté la tienda como pude a un borde la pista y armado con el agua y los víveres, me quedé dormido bajo aquel cielo, libre absolutamente de contaminación, que tenía tantas estrellas que parecía de mentira…

Por la mañana vi que seguía igual. Tenía que volver a Arequipa o, al menos, descender lo que pudiera. Me cagué en mí mismo por haber dejado caer la moto, porque levantarla me obligaba a reventarme y desmontar media moto para que pesara menos.

En esas estaba, cuando un Land Rover con la insignia de la Cruz Roja en los laterales se paró a mi lado. No sé si eso se puede llamar buena suerte o milagro, pero en un momento tuve a cuatro médicos peruanos atendiéndome. Me preguntaron qué me pasaba, les conté todo y dijeron:

– Hojas de coca, ¿no? Muy bien, pero nosotros tenemos aquí otro remedio más antiguo que te va a ayudar.

Me dieron dos pastillas y me pusieron una inyección. A los cinco minutos, era otra persona. Quise saber qué misterioso remedio era áquel.

– Se llama glucosa y suero. Viene de nuestros curanderos.

Dejé que se cachondearan de mí porque me habían salvado. Y porque liarme a ostias con cuatro tíos en mi estado y a esa altura, tampoco era muy de listos.

Me recomendaron reposo porque les dije que pensaba continuar y que ahí no dejaba la moto. Intuyeron que iba a seguir viaje, así que me dieron unas cuantas pastillas de glucosa y me desearon suerte, porque no podían esperarme.

Me ayudaron a levantar la moto, cargué todo y me despedí de ellos. Antes de ponerme en marcha, dejé hecho un montoncito de piedras, como los que bordeaban la pista y que iba dejando los caminantes, como recuerdo del día que “resucité”.

Monté en la moto, con mucho cuidado. Avancé 300 metros a paso de tortuga, muy atento a las señales de mi cuerpo. Subí una pendiente, giré una curva que bordeaba una ligera loma y… Me encontré de bruces con una aldea de unas 20 casas. La madre que me parió. Había estado todo el tiempo a apenas 5 minutos andando de un pueblo.

En el pueblo sólo había mujeres, tejiendo prendas de lana de llamas. Les pregunté dónde podía lavarme, me indicaron un arroyo cercano. Volví, ya limpio y cambiado de ropa sin “cagar” y me hicieron un hueco entre risas, y juntos esperamos a que volvieran sus maridos del campo. Allí es durísimo vivir, apenas crecen plantas a esa altura, las gallinas no sirven de nada porque no ponen huevos, los cerdos son demasiado costosos, las vacas no dan leche… A 6000 metros, lo único que se adapta a vivir a son las llamas y lo que nosotros llamamos conejillos de indias o cobayas.

Al fin volvieron los hombres y animados por mi “visita” hicimos una especie de fiesta, donde yo probé la carne de llama, dura como las ruedas de la moto y ellos probaron las albóndigas de lata. A juzgar por sus caras, debieron de pensar lo mismo de mi comida que yo de la suya. Bebimos un licor que sabía a coca, como casi todo y nos agarramos una buena. Al final, casi hasta bailé. Uno de los peruanos estaba empeñado en que me casara con una hija suya, feísima, nada que ver con las películas donde la indígena está como un queso. Por una vez en todo el viaje, me alegré de estar ya casado, porque el tío estaba emperradísimo en que me la llevara.

Me hice el apenado por mi mala suerte de no poder llevármela y emprendí el viaje, ya mucho mejor. Por fin llegué a mi destino, un precioso pueblo bañado por aguas volcánicas y sulfurosas, que tuve mucho cuidado de esquivar porque no sabía que podían hacerle a los bajos de la moto. Acampé a la salida y me fui a un balneario al aire libre, en una zona medianamente turística.

El balneario estaba compuesto de varias piscinas grandes, cubiertas y luego serpenteando a lo largo del arroyo sufuroso, piscinas o pozas naturales, apartadas unas de otras, del tamaño de bañeras grandes. Fui a la zona donde se pagaban las entradas, me compré una docena de cervezas “Arequipeña” y montado en gallumbos en la moto, me fui a una de las piscinas más apartadas, que apenas eran alumbradas por unos farolillos.

Era una pasada, estar de noche a dos grados bajo cero, metido en agua que huele a pedo (por el azufre) y que está tan caliente que tiene que enfriar por un sistema de laberintos para que no te abrase, en una especie de jacuzzi excavado en roca. Las cervezas heladas, el cielo absolutamente plagado de estrellas… En esas estaba, pensando en mis cosas, cuando de entre las sombras vino una chica. Era una turista que en inconfudible inglés americano me pidió permiso para compartir el jacuzzi. Al principio pensé “Vaya por Dios, no tenía piscinas a las que ir”. Pero los reparos se me pasaron en cuanto se abrió el albornoz, porque estaba buenorra. La americana, pelirroja como una zanahoria, se metió en el agua. Le ofrecí una cerveza, pero no la cogió. En lugar de eso, se vino a mi lado, tomó la mía y le pegó un sorbo. En fin, que no sé cómo, pero sin dirigirnos una palabra, a los dos minutos la tenía encima, confirmándome que se me había pasado el mal de altura, porque uno de sus síntomas, la impotencia, había desaparecido.

Igual que vino, se fue. Sin una palabra. Al día siguiente, la vi partir en un autobús, enganchada de la mano de un rubiales que, supuse, era su novio a marido.

Recorrí el altiplano, parando a ver ascender a los preciosos cóndores por el mayor cañón del mundo, hasta ir bajando poco a poco, con lo que la moto volvía a ir mal y tuve que deshacer la “carburación” que había improvisado. En mi descargo, tengo que decir que al final conseguí que fuera más fina que cuando la compré. O eso creo, porque ni una sola vez en todo el viaje fui capaz de apurar la quinta y comprobar cuánto cogía la BMW.

Acampé varias noches al aire libre, una de las experiencias más bonitas de mi vida. Aunque en una de ellas tuve que encender el fuego y hasta arrancar la moto, pues me habían advertido que había una animal cuyo nombre no recuerdo, pero que a mí me sonaba a puma o coyotes o lobos… No sé, sonaba chungo y que mordía. El caso es que escuché ruidos y me acojoné, pensando que me comían. Por la mañana fui a donde había escuchado ruidos y había unas hermosas cagadas de llamas. Bueno, no os riáis, que las llamas también tienen mala leche.

Tuve una preciosas jornadas moteras, en las que me indicaron que para llegar a Puno lo mejor era recorrer el cauce seco de un río que sólo llevaba agua en la época de lluvias y que recorrían muchos peruanos en burros, caballos, andando… Por las noches, nos juntábamos unos cuantos y me freían a preguntas. La peor de todas era “¿A qué te dedicas?”. Muy difícil explicarle a una persona que vive en el tercer mundo, sin tele ni radio, que eres informático.

Visitando unas ruinas Incas, sentado sobre una roca para descansar, un peruano se acercó y me dijo:

– Señor, estése quieto un momento…

Y, diciendo esto, me dio un manotazo en el hombro. Me quedé mirándole en plan “¿De qué vas?” y antes de poder decir nada me dijo:

– Tenga cuidado, señor, aquí hay mucha viuda negra. Si le pica, no hay remedio. Evite las rocas con sombra.

Llegué al Valle del Colca, sin contratiempos, salvo un pequeño terremoto que me los puso un poco de corbata y enfilé rumbó al lago Titicaca.

Puno es una pasada. A orillas del Lago Titica, que es el lago más alto del mundo, a “apenas” 3000 metros de altura, y con numerosos restos de la época colonial española. Dejé la moto por un día para visitar la isla de Paracas y ver a los curiosos habitantes del lago, que viven en islas hechas de juncos. Agradecí dormir en cama y ducharme con agua caliente. Recorriendo la ciudad, tuve un golpe tonto con un taxi que frenó bruscamente. Desgraciadamente, uno de los soportes de una maleta se partió. Pregunté dónde podía soldarlo y el taxista, muy amable, me indicó un taller. El del taller dijo que de soldar nada de nada, pero que tenía una solución… Sacó una cuerda hecha de juncos, de los que hay en el lago titicaca, y ató el soporte. Me garantizó que aquello duraría toda la vida. Lo cierto es que no sé si duraría toda la vida, pero que aguantó el viaje sin el menor signo de desgaste, sí. De hecho, luego me enteré que la Nasa estaba estudiando esas fibras para elaborar los trajes de los astronautas, por su alta resistencia.

De momento ya había andado por costas, montaña, altiplano y desierto. A medida que me acercaba a Cusco, el paisaje cambiaba de kilómetro en kilómetro. De repente bordeaba un bosque, como empezaba una especie de selva, como estaba en el desierto. Era como hacer varios viajes en uno. En pleno desierto, me paré a dormir en un oasis que tenía una pequeña pensión. La pensión tenían varios entretenimientos para los inquilinos y decidí probar el snow-sand, que es lo mismo que el snowboard de la nieve, pero sobre la arena. Así que cargué con la tabla, subí a la duna más grande y me lancé. Yo había hecho snow, pero aquello era muy diferente. Y, claro, me la calcé. Noté como se me retorcía el brazo y dije “No me jodas… Que no me he caído con la moto y ahora me jodo el viaje así”.

Afortunadamente, al rato no me dolía. Además, al llegar a la pensión me hice muy amigo de la chica que servía la cena y hacía de recepcionista. Tanto, que me invitó a salir con ella y sus amigos esa noche, porque era sábado. Fuimos a una bodega donde elaboraban un vino realmente malo. Pero le echaban Pisco y yo qué sé qué más y aquello pegaba de cojones. Por la mañana me desperté con una resaca de órdago, vestido con un poncho peruano y una recepcionista peruana medio desnuda roncando en la cama. Ignoro, de verdad, si hubo algo, pero apuesto a que no.

Nos despedimos intercambiando direcciones, ella la suya en aquel pueblo, yo la primera que me inventé. Lo sé, soy un malote. Pero no quería que escribiera una postal que llegara justo cuando llegara mi mujer.

Tomé rumbo a Cusco, una de las ciudades más bonitas que tiene Perú. Allí, inevitablemente, coincidí con mi mujer, que ya había adquirido los billetes para el tour a Machu Picchu. Era imposible ir en moto hasta Aguas dulces, el pueblo que hay abajo, ya que las lluvias habían arrasado la carretera y estaba impracticable. Había que ir en tren. Todo esto me lo contó un policía en moto al que pregunté y con el que entablé conversación. Al rato vino “su sargento”, borracho como una cuba y que se puso algo violento porque quería probar la BMW. Yo tenía miedo de que se piñara y me dejara sin viaje, pero el tío se empeñó. Tanto, tanto, que en un momento dado me dijo:

– Acompáñeme al cuartel.

En España, esta frase es motivo de acojone. En Perú, por lo que había vivido, aquello era para cagarse. Fuimos hasta el cuartel, con mi mujer ladrándome en la oreja “Por la puta moto, qué te costaba dejarle probar la mierda ésta”. Y yo pensando en que tenía que haber aceptado la oferta del tío áquel que me ofrecía a su hija, pero que tenía que haberle dicho “Me la llevo, pero te traigo a mi mujer”.

En fin, que llegamos al cuartel, yo esperando que me arrestara, que me pegara… Y el tío me dijo:

– ¿Ves la Yamaha que hay ahí?

Efectivamente, veía la Yamaha, una XJ-600 del año de la polca. Le dije, “Sí, la veo”. El tío, como en una peli, le soltó a uno:

– Escriba: Yo, fulanito de tal, en Cusco, a día tal, firmo la presente declarando que voy a circular con la moto de don Ignacio y que si me ocurriera cualesquiera percance, él tendría derecho a quedarse con mi motocicleta, marca Yamaha, matrícula…

Con el papel firmado en la mano, alucinando en colores, vi alejarse al sargento en mi moto. Media hora después (que se me hizo eterna), volvió con una peruana bastante feíta que no paraba de reirse, de paquete. Me devolvió las llaves de la moto, me quitó el papel y se metió con ella en una habitación.

Aproveché mi estancia en Cusco para repasar la BMW, haciendo un cambio de aceite y sustituyendo los muy machacados neumáticos. Logré encontrar pastillas para los frenos y bujías, con lo que le hice un mantenimiento completo. Estaba lista para dar otra vuelta al mundo.

Hicimos la visita a Machu Picchu. Sólo voy a decir algo: debes verlo. Sinceramente, de todo lo que he visto en la vida, creo que es lo que más me ha impactado. Impresionante… Me quedo sin palabras si intento describirlo.

La visita era de dos días, pues hacíamos noche en Aguas Dulces. Pero con gran pesar de mi corazón, sólo pude subir uno de ellos, ya que durante la noche mi mujer enfermó, con fiebre muy alta y vómitos y, a pesar de lo mal que andaban las cosas entre nosotros, preferí quedarme con ella hasta que le atendió un médico. Médico que, por cierto, se limitó a suministrarle suero (no era más que una fuerte gastroenteritis) y cobrarnos 50$. No pude evitar pensar en la diferencia entre el Perú profundo y el que está contaminado por nosotros, los de los países “ricos”…

Nos separamos con mútua satisfacción, ya que no nos aguantábamos y yo tomé rumbo a la selva, al extremo este del país. Mi idea era quedarme un par de días y hacer algo de ruta con la moto por senderos, pero no pude andentrarme mucho. La vegetación se enganchaba en la moto en cuanto el camino se hacía angosto, y los enormes perolos del bóxer no ayudaban nada. Finalmente, decidí quedarme en una especie de complejo hotelero a pocos kilómetros del borde, adentrando en la jungla.

Alquilé una cabaña con mosquitera y me dispuse a dormir en la selva. Al llegar a la cabaña, tras la puerta había un cartel enorme con las especies venenosas, advirtiendo de que eran muy peligrosas y no debían tocarse. Serpientes, arañas, ciempies, orugas… Dos metros de cartel con cientos de bichos. La cabaña era de madera y entre tabla y tabla, había un dedo de separación. La mosquitera tenía tantos agujeros que parecía un colador.

No pegué ni ojo. Los ruidos esos de las películas, en realidad acojonan. Chillidos de monos, bramidos, gritos… Joder, me faltó por oir el alarido de tarzán. Además, oía mosquitos por todas partes y empezaron a acribillarme.. Escuchaba cosas arrastrándose. No he dicho, además, que la humedad era HORRIBLE. A la media hora de llegar, tenía las manos como si acabara de salir de un baño de dos horas.

Ahí acabó mi aventura selvática. Decidí suspender esa parte e irme país adentro. Enfilé ruta a Ayacucho, aunque  notaba que el viaje, quizás por estarse acabando, iba en declive. Paré en un pequeño pueblo que tenía un “bar”, por llamarlo de alguna manera. Allí tuve el único problema “racial” de todo el viaje, pues me preguntaron si era español. Cuando les dije que sí, tuve que salir por patas, ya que empezaron a decirme que los españoles se llevaron el oro hacía 500 años y ahora habían vuelto para volver a hacerlo, en alusión a las compañías Telefónica y Repsol, que estaban implantándose por la zona. Prácticamente, me llamaron hijo de Colón.

El terreno se iba haciendo más seco y pedregoso y el polvo empezaba a ser un problema. Si me abría el casco, me llenaba los ojos. Si lo cerraba, se quedaba en la visera y no veía. Además, el cielo se puso negro y previsiblemente, tendría una tormenta encima en breve. Busqué en el mapa algo parecido a un pueblo porque la cosa pintaba mal.

El cielo se puso tan negro que tuve que encender las largas de la moto y, entonces, me cayó el diluvio universal. Acojonante, la lluvia era tal que no se veía a un metro. Avancé como pude hasta que escuché un ruido enorme que tapaba incluso el ruido de la BMW. No me di cuenta hasta que lo tuve encima… del borde de la carretera vino una riada que arrastraba toneladas de lodo. Al principio, llegaba a la llanta de la rueda, luego a las estriberas, pronto llegaba hasta medio motor y comprendí que me arrastraría. Pensé en lo malo que era si entraba agua en el motor y apagué la moto junto a unas piedras, la dejé encajada de modo que las piedras impedían que fuera arrastrada y yo trepé como pude a ellas. Siguió lloviendo durante una hora, cada vez más flojo. Yo miraba para abajo y veía que la moto estaba de agua hasta el sillín y pensaba “de ésta no sales”, aunque, francamente, lo que más me preocupaba era que la riada creciera tanto que me arrastrara de las piedras. Salió el sol y el agua, poco a poco, empezó a bajar. La moto estaba sepultada en lodo, piedras, hierbas… El agua me llegaba a las rodillas porque el terreno era incapaz de chupar tal cantidad.

Intenté desenterrar la moto. Yo solo era imposible. Estaba en una pista más o menos transitada, así que no me quedaba otra que esperar a alguien…. En lo que parecía que iba a ser una noche muy larga.

Afortunadamente, a las pocas horas apareció una camioneta, un pick-up muy antiguo, con unos 20 trabajadores de una cantera. Traían picos y palas (¿otra vez un milagro?) y comenzamos a cavar alrededor de la moto. Por fin pudimos sacarla, aunque me recomendaron que no la arrancara, porque seguro que había entrado barro en el motor.

Revisando la moto, yo no veía que tuviera nada aparte de ser un pegote de barrro, hasta que uno de aquellos hombres dijo “Señor, ¿no le falta una maleta?”

Efectivamente, una de las maletas había sido arrancada por la fuerza del agua. Estuvimos media hora buscando por el lodo, con barro hasta las rodillas. No hubo manera de encontrarla. Desgraciadamente, en esa maleta iba mi cámara con todas las tarjetas de memoria. En Cusco había descargado las tarjetas y había grabado las fotos en varios CD’s (en aquellos entonces, 256 Mb en tarjeta eran una barbaridad). Y yo había puesto los cd’s en la misma maleta. También había perdido algunos recuerdos del viaje, ropa y comida. Curiosamente, la maleta atada con la fibra de junco, aguantó…

Subimos la moto a pulso al camión y enfilamos a un pueblo, donde me dejaron lavarme, dormir y me dieron de cenar algo caliente. Un buen licor hizo que se me terminara de pasar el susto.

Al día siguiente, alquilé una camioneta para llevar la moto hasta Ayacucho, donde había un taller de coches. La descargamos y entramos en el taller. El dueño resultó que no había visto un motor bóxer en su vida, pero al ver lo viejo que era, se lanzó. Lavamos la moto bien lavada para ver los daños. Desmontó el filtro de aire y lo lavó bien lavado. Miro dentro de la caja, vio que no había entrado barro, sacó las bujías, las limpió y… Cargó la batería. Y eso es todo… Le dio al botón mágico y la BMW arrancó tras un par de intentos. Me vino a la memoria lo que me dijo el tío que me la vendió “unbreakable”.

Con una maleta menos, muy cansado física y mentalmente, inicié el último tramo del viaje. Ya me veía incapaz de la rutina de acampar, así que buscaba hoteles. Disfruté de las últimas jornadas moteriles con largos tramos por carreteras secundarias y atajé todo lo que pude para volver a Lima.

Cuando llegué, haciendo caso omiso a mi mujer, que hacía varios días que no sabía nada de mí, me di una ducha y dormí un día entero. Después busqué un taller y dejé la BMW en revisión, arreglando el soporte roto (aunque yo creo que la soga de junco hubiera aguantado por siempre) y a una especie de chapista le dejé la maleta vacía para que hiciera la que faltaba. Por la noche recibí la visita del ruso, que venía a por la moto. Quedamos por la mañana, para ir juntos al taller. El tío de la maleta había hecho un curro que ya quisieran los de Touratech. No sólo hizo una nueva, si no que mejoró la que le dejé como modelo.

La BMW había sido revisada a fondo. Le di las llaves de la moto, los papeles y le dije que le invitaba a unos piscos. Nos emborrachamos como cubas (joder cómo beben los rusos) y me fui a eso de las 3 de la tarde para el hotel. Mi avión salía cuatro horas después y mi mujer estaba atacada porque lo perdíamos. Al ruso le dije lo mismo que me había dicho a mí el inglés “unbreakable” y le pedí que me mandara un email cuando terminara el viaje.

Me monté en el avión y me quedé dormido durante todo el vuelo.

Tres meses después, en plenos trámites de divorcio, recibí un email del ruso. La moto había recorrido Perú y Chile. En ese momento estaba rumbo a Tierra del Fuego con un americano a los mandos.

Yo creo que seguirá rodando… Porque esa moto es unbreakable

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