Armenia 2017

Cambiando Dakar por Armenia.

Aunque suene raro empezar hablando de Dakar en el relato de un viaje a Armenia, lo cierto es que la capital senegalesa era mi destino inicial. Y es que ese era mi objetivo para principios de octubre, junto con un compañero de Aemotur, pero al final un problema de fechas con las vacaciones y, sobre todo, la situación de Mauritania me hizo desistir.

Así que me encontré a finales de julio teniendo que coger vacaciones en un par de semanas y, además, quedándome sin compañero de viaje. Rápidamente tuve que pensar en un nuevo destino y fue Roberto, quien en principio me iba a acompañar a Dakar, el que me propuso Armenia. Y debo confesar que incluso me costó situarlo en el mapa, porque realmente no sabía muy bien donde estaba.

Lo que vi por internet me atrajo mucho, junto con los kilómetros y la posibilidad de enlazar a la vuelta con destinos europeos que me faltaban por conocer. Así que, a quince días de irme lo decidí, me iba a Armenia.

Este poco tiempo para preparar el viaje hizo que, por ejemplo, no pudiera obtener el visado para Azerbaiyán, para el que se necesita cierto tiempo, o que algunas rutas no las hubiera preparado con suficiente tiempo, pero sin duda esto formaba parte de la aventura e iba a tener que improvisar durante el viaje o que, por ejemplo, para los dos ferris que tenía que tomar a la ida, no quedarán más que pasajes de butaca.

Así, tracé una ruta general, que sería en un primer lugar ir a Barcelona para tomar el ferry a Civitavecchia, haciendo una primera noche en Italia, camino de Brindisi, de donde tomaría el ferry a Grecia. Atravesaría luego toda Turquía por el norte, bordeando el Mar Negro, hasta llegar a la frontera con Georgia, donde tomaría rumbo a la capital, Tiblisi, y ya, desde ahí, enfilar a Ereván, la capital armenia, donde pretendía quedarme unos días y hacer de ella mi base de operaciones para las diferentes rutas por el país. Armenia es un pequeño país, del tamaño de Galicia, y no hay mucha distancia del centro a sus extremos, así que, en principio, era viable quedarse en el centro y evitar el tedioso procedimiento de buscar y encontrar hotel después de cada ruta, al menos durante los días que permaneciera en él.

Viaje de ida, con los dos ferrys.

Viaje de ida, con los dos ferrys.

A la vuelta quería aprovechar y visitar unas cuantas ciudades y países que no conocía, por lo que la ruta inversa sería volver a pasar a Georgia, cruzar Turquía, esta vez por el centro, pero enfilar luego hacia el norte, pasando por Bulgaria, Serbia, Rumanía, Hungría, Eslovenia y ya Italia para iniciar el regreso.

Viaje de vuelta, saltándome Rumanía.

Viaje de vuelta, saltándome Rumanía.

Primer y segundo día: de Madrid a Barcelona y rumbo a Italia. Una moto no es un tractor. Mi primer mar, el Mediterráneo.

 

Terminando de trabajar el viernes a mediodía, salí con tiempo de sobra para coger el ferry que me iba a llevar a Italia a las 23:00. Y el resumen debería ser este, un día sin nada reseñable que destacar de autovía hasta Barcelona… Pero lo que no sabía es que el aparentemente aburrido día de partida se iba a convertir en el peor de todos y que a punto estuvo de hacer que todo el viaje se echara a perder o que, al menos, cambiara por completo.

Y es que, a escasos 200 kilómetros de mi casa, tras repostar, la moto hace un ruido extraño, se tira un par de cuescos fabaderos y se para. Intento arrancar, pero no hace ni el amago. No ha recorrido ni 150 metros desde la gasolinera y yo no sé por qué, pero algo se ilumina en mi cabeza “Ignacio, le has echado diésel a la moto”. Me acerco a la gasolinera, pregunto, mira en el registro y, efectivamente, 17 litros de diésel que le he metido.

Me entran ganas de estrangularme a mí mismo por semejante cagada. Me pongo a buscar por internet a ver qué se puede hacer mientras hablo con la dependienta a ver si ella sabe. Y sale mi ángel de la guarda. Ese que apareció en Perú cuando me dio una pájara por el mal de altura en pleno altiplano y me mandó un autobús entero de médicos de una ONG. O el de Egipto cuando mi moto de entonces, una BMW, decidió que no seguía y paré un coche en que justo iba un mecánico del concesionario BMW… Esta vez en forma de joven que me dice que tiene un amigo con un taller a escasos 10 kilómetros. Le llama y le dice que sí, que ya ha visto una Triumph como la mía antes, que se la lleve y que en media hora estoy en marcha. Así que llamadita al servicio de asistencia que contraté, esperar a que llegue la grúa y traslado al taller, donde me esperan y, nada más bajar la moto se ponen con ella. Vaciamos depósito, purgamos la bomba, llenamos de super y, tras unos cuantos amagos, Potrilla, mi Triumph, vuelve a sonar como siempre (aunque huela como un taxi).

Finalmente, entre unas cosas y otras, he perdido un par de horas, pero tengo tiempo de llegar al ferry si voy un “poco” por encima de 120 km/h. Salgo a la autovía y al intentar ponerme a velocidades alegres la moto se mueve de delante de forma peligrosa. El día anterior he puesto neumáticos nuevos, así que supongo que es cosa de presiones. Bajo y le quito aire a la rueda delantera, pero apenas gano unos 10 km/h antes de que vuelvan los cabeceos.

Tengo que parar en una gasolinera que tenga compresor, cosa nada fácil en plena autovía. En lo que encuentro uno he perdido otra hora. Pero, ahora sí, la Triumph va sobre raíles… Pero todo el margen de tiempo que tenía ha desaparecido. Me pongo a velocidades que mejor no decir y consigo llegar a Barcelona media hora antes de que empiece el embarque, con tiempo de sobra y, creo, los mismos puntos en el carné. En la cola del embarque coincido con más motos, pero lo cierto es que la tensión del camino hace que solo tenga ganas de quitarme el traje de cordura, ponerme cómodo, tomarme una cerveza y descansar.

El maldito ferry sale, finalmente, con casi cuatro horas de retraso, como riéndose de mi esfuerzo por no perderlo, lo que hace que me ponga todavía más de malas pulgas. Así que cuando consigo embarcar, cometo el error de irme directamente al bar, pedirme unas cervezas y relajarme, tranquilizándome a mí mismo pensando que ya está, que estoy camino de Italia y que el viaje comienza. Y digo que es un error porque lo primero que debería haber hecho es coger sitio donde dormir, ya que la butaca resulta un desastre, en una sala con más de cuarenta grados y sin aire acondicionado, repleto de personas en el que me resulta imposible dormir. Y cuando me doy un paseo por el barco, descubro que todos los rincones en los que podría dormirse están ocupados… Por lo que vago como un alma en pena hasta que en una de las cafeterías encuentro un hueco en un sofá en el que quepo y consigo dormir algo.

Al día siguiente hacemos escala en Cerdeña, quedándose el ferry vacío, pero haciendo que acumulemos aún más retraso.

Tercer y cuarto día: Italia la nuit. Debería llevar pañales de adulto. Otros dos mares, Adriático y Jónico.

Mis planes iniciales eran dormir a medio camino de Brindisi, a unos seiscientos kilómetros de Civitavecchia, desde donde tengo que tomar el ferry que me lleva a Grecia y que sale a las once de la mañana. Tenía un hotel a trescientos kilómetros de ambas ciudades, en el que podría descansar seis o siete horas. Pero al desembarcar en Civitavecchia el retraso aumenta y veo que apenas voy a poder dormir tres horas en el hotel, por lo que tomo la decisión de no parar en él y conducir directamente hasta Brindisi.

Me tomo un café y enfilo las autopistas italianas intentado pensar en positivo y olvidando el cansancio y el cúmulo de cambios e incertidumbres del comienzo del viaje. Paro varias veces durante la noche a tomarme cafés para mantenerme despierto, mientras maldigo el poco margen con el que he cogido el segundo ferry. Y es raro, porque en casa yo nunca tomo café. Y esto no lo digo por decir, lo digo porque a eso de las seis de la mañana mi estómago dice que qué es eso que le estoy echando desde hace unas horas y, de repente, me da un dolor tremendo de estómago y tengo que parar apresuradamente en un área de servicio.

En fin, voy a resumir por no ser muy escatológico, pero digamos que gracias a Dios eché toallitas higiénicas húmedas. Y que debe haber alguien encargado de limpiar las áreas de servicio acordándose de mí. Con el estómago algo más asentado, ya al amanecer llego a Brindisi, media hora antes de que se abra el checking. Mi idea es hacerlo, buscar un sitio tranquilo y esperar hasta la nueve de la mañana que está previsto empiece el embarque echándome una buena soñata, pero la cafeína hace que vaya al corte de encendido y no pueda dormir.

Doy vueltas por el puerto para pasar el tiempo y ya veo las enormes diferencias con el puerto de Barcelona, ya que familias de rumanos, turcos y búlgaros, muy humildes, han tomado las pocas zonas verdes que hay para y aquello parece un campamento de zíngaros. Aquello es la puerta a otra Europa que nosotros despreciamos y no queremos ver, pero que está ahí. Una Europa pobre de gente rozando la miseria absoluta. Y lo más chocante es que junto a esta Europa humilde va a viajar otra Europa, la de los jóvenes italianos acomodados que van a pasar unos días a Corfú, donde hace escala el ferry.

El embarque resulta ser un auténtico desastre de organización, nada que ver con el del puerto de Barcelona. Alguien decide que las motos vamos las últimas, tras coches, camiones, autobuses… Y nos tienen horas a más de cuarenta grados, en una explanada de cemento, esperando nuestro turno. El barco es también es mucho más modesto y me cuesta encontrar un sitio donde dormir, por lo que lo único que hago es deambular y esperar a que el hotel que tengo reservado en Grecia y que está a cinco minutos del puerto sea tranquilo y pueda dormir. Y, por fin, tras la escala en Corfú en la que se bajan todos los italianos de veraneo y nos quedamos cuatro gatos en el ferry, llegamos a Iguomenitsa, en Grecia. Ni siquiera me pongo la cordura, voy directo al hotel, que efectivamente está a cinco minutos del puerto. Descargo equipaje y pregunto directamente por algún sitio para cenar y me indican que la calle principal está a pocos minutos andando.

Camino esos pocos metros y ceno una deliciosa pita de carne, con un par de cervezas. Las señoras que atienden el local, de unos cincuenta años, me preguntan cosas de España. Les hago algunas fotos y bromeo con que van a ser famosas en España. Tenemos un buen cachondeo con eso, porque cuando les intento fotografiar se esconden y se ponen coloradas. Yo les digo que se hagan una foto conmigo y así le digo a mi madre que tengo una novia griega y el cachondeo aumenta. Finalmente me despido de ellas con un par de besos a cada una y con la sensación de que tenemos un carácter mediterráneo que nos une.

La habitación del hotel está muy bien, pero al tener un jardín que la rodea, está plagada de mosquitos. Yo estoy muerto de la jornada anterior, así que me meto por entero debajo de las sábanas y me duermo en dos minutos rezando para que no me acribillen, aunque antes aprovecho para hacer la colada y ya me dan unos cuantos picotazos. A la mañana siguiente, tomo un buen desayuno e inicio de nuevo camino. Mi intención es conseguir llegar a Turquía y quedarme lo más próximo a Estambul en la que va a ser mi primera etapa maratón.

Quinto día. Osos en la M-30. Noche en el puerto. Dos mares más, Egeo y Mármara.

Enfilo la salida a la autopista rumbo a Turquía. Teóricamente, en Grecia el límite en autopista es de 130 km/h, pero pronto compruebo que es mucho más complejo que eso. En realidad, cogen a un mono, lo emborrachan y drogan y cada cien metros hacen que tire unos dados. Según lo que saque ponen el límite en 120, 110, 100, 90… Así hasta 70 km/h. El resultado es que los primeros kilómetros me los pasé acelerando y frenando cada cien metros para intentar ir a velocidad legal. Luego me cansé de unos límites de velocidad totalmente caprichosos y calculé una media, ajustando el control de crucero a 120 de marcador y ahí lo dejé.

Pese a ser una tirada por autopista, lo cierto es que el trayecto se me hace muy entretenido. La autopista bordea una zona montañosa, con un paisaje realmente bonito. Me llama la atención las señales que advierten de la posibilidad de que un oso cruce la autopista. Yo mismo me hice la broma de intentar robar una de las señales y colocarla en la M-30 de Madrid, a ver qué pasaba.

Bonitas vistas por la autopista.

Bonitas vistas por la autopista.

Los kilómetros van cayendo y llega la hora de comer. No tenía prevista ninguna parada para visitar ninguna ciudad, ya que lo ajustado del calendario me obligaba a cruzar Grecia sin más, por lo que paro en un área de servicio cualquiera, con la suerte de que tiene un restaurante con terraza y unas impresionantes vistas al mar Egeo.

Voy pasando los desvíos a ciudades como Salónica o Alejandrópolis y a la frontera búlgara y me prometo a mí mismo que algún día volveré y me haré unas vacaciones de relax por toda la costa griega, hasta que, por fin, llego a la ansiada frontera con Turquía, nervioso por abandonar la Europa del roaming y el euro para entrar en esa otra Europa lejana.

Los trámites en la frontera son rápidos, pese a que hay una cierta caravana. Tengo la visa para entrar en Turquía que obtuve por internet (la única necesaria en todo el viaje), carné de conducir internacional, carta verde… Así que paso las tres ventanillas de policía turca y casi sin darme cuenta estoy en Turquía. Soy muy tonto para estas cosas, ya lo leerás a lo largo de la crónica, pero se me saltan las lágrimas de la emoción. ¡Estoy en Turquía! Pese a diésel, cagalinas y retrasos, he llegado.

Turquía me recibe con veinte kilómetros de pista. Están reconstruyendo más que reasfaltando la carretera, así que por primera vez en el viaje me pongo de pie para conducir por la pista de grava y arena. Los desvíos están malamente señalizados y los accesos a las gasolineras en condiciones penosas, así que extremo la precaución mientras intento avanzar todo lo que puedo hasta mi hora límite de rodar, que yo mismo me impuesto, y que no es otra que una hora antes de que se ponga el sol, para tener tiempo de sobra de buscar hotel y evitar conducir por la noche. Me detengo en una gasolinera cualquiera a repostar y beber agua, porque la temperatura ronda los cuarenta grados. Mientras estoy bebiendo, un camionero turco se acerca a mí y me pregunta de dónde vengo, de cuánto es la moto, a dónde voy… Preguntas que me van a hacer muchas veces durante el viaje. En un momento dado, se sube en su camión y baja con un libro gordo. Lo abre ante mí y veo que es un libro de fotografías. Me muestra fotos suyas de hace veinte años, a bordo de una Africa Twin, entrando en Dakar. Con un inglés muy pobre me cuenta que se hizo la ruta hasta Dakar hace 20 años. Termina pasando del inglés y contándome su viaje por mímica y hablando en turco. Lo cierto es que el tío es simpático y me entretiene un rato y no me importa escucharle porque los gestos no tienen desperdicio, así que le agradezco la película que me ha contado y le digo que tengo que irme. Me dice que espere, va corriendo al camión y me da una bolsa de dátiles. Se lo agradezco y vuelvo a la carretera, pensando en lo que debió ser un viaje así hace veinte años para un turco. Y en quién narices viaja en su camión con el álbum de fotos preparado para soltar la chapa.

Durante la pausa, notándome cansado, busco un hotel cerca de Estambul, encontrando uno con muy buena pinta en Tekirdag, hacia donde me dirijo, bordeando la costa turca. Encuentro fácilmente el hotel, porque está en la calle principal de la que resulta ser una animadísima ciudad de veraneo, con playa al mar de Mármara. La verdad es que el hotel resulta ser un regalo, porque por apenas veinte euros tengo en realidad un apartamento con terraza, prácticamente a estrenar, con un baño como mi salón. Me doy una buena ducha y salgo a recorrer la ciudad. Le he preguntado al recepcionista dónde pudo cenar algo típico y me manda al paseo marítimo, frente al hotel. Resulta ser un sitio muy agradable, con restaurantes a lo largo de todo el puerto, sirviendo platos de pescado en terrazas al mar. Elijo uno que tiene una parrilla en la que están asando sardinas con muy buena pinta y acierto de pleno, ya que están deliciosas y baratísimas, apenas 3 euros la media docena con la bebida y una ensalada de tomate.

Doy un agradable paseo a lo largo del paseo marítimo y compruebo que Turquía es mucho más abierta y occidental de lo que recordaba (estuve en Estambul de turismo hacía años) y que, pese a las advertencias de peligrosidad, lo cierto es que el ambiente es el mismo que en cualquier ciudad de veraneo del mediterráneo. Tras la caminata, cansado por los casi ochocientos kilómetros que he hecho, me voy al hotel a dormir.

El paseo marítimo con sus restaurantes de pescado fresco.

El paseo marítimo con sus restaurantes de pescado fresco.

Sexto día. El horror y el orden en el caos. El mar Negro.

Son las nueve en punto cuando estoy arrancando la moto para seguir viaje. Tampoco tengo destino predefinido, mi objetivo es hacer tantos kilómetros como pueda, siempre con destino a la frontera de Georgia. Afortunadamente, la autopista turca tiene buen asfalto y avanzo a buen ritmo. A medida que me acerco a Estambul el tráfico se hace más denso hasta que de repente comienza una caravana en la que los coches están detenidos. Avanzo por el arcén y veo que los coches no avanzan. Esquivando coches, entre carriles y arcén, empiezo a ver conductores fuera de los coches. Avanzo como puedo, buscando huecos, hasta que llego a un punto en el que el caos de coches detenidos es tal que ocupan cinco carriles, pese a que la autopista es de tres. Me quedo detenido entre un camión de bomberos que intenta pasar, una ambulancia y varios coches de la policía secreta. Ya no hay manera de avanzar y me bajo de la moto para beber agua e intentar ver qué pasa.

Uno de los policías de paisano se acerca y me hace las preguntas de rigor, de dónde vengo, a dónde voy, más por curiosidad que por profesión. Me señala adelante, donde se pierde la vista entre la marabunta de coches, y me dice “Big crash”, mientras con hace con la mano el inequívoco gesto de alguien muerto con el cuello cortado. Por cómo se lo está tomando la gente, presiento que la cosa va a llevar para bastante rato, ya que veo a varios que incluso están montando las pipas de agua para ponerse a fumar, así que sopeso la situación y arrancando la moto, me tiro por el arcén a los jardines que bordean la autopista.

Esquivo setos, cruzo varios desagües de autopista en plan trailero loco, recibiendo gritos de ánimo de la gente que está fuera de sus coches, a veces yendo por un talud de hierba, otras por el desagüe lateral, hasta que llego al frente de la caravana. Me detengo y contemplo espantado el origen de todo. Un camión que trasporta finas vigas de metal por el carril contrario ha volcado, invadiendo mi carril. No solo están los restos del camión y las vigas, si no que observo media docena de coches completamente destrozados. Me imagino lo que debe ser el circular por una autopista y ver un camión con semejante carga que te viene de frente… En ese momento llegan varias motos pequeñas y algún scooter, que han podido esquivar los coches sin necesidad de hacer el cabra como yo. Nos juntamos un numeroso grupo de moteros y uno de los policías que está controlando el tráfico se apiada de nosotros y hace el gesto con la mano de acelerar una moto mientras nos hace señas para que avancemos.

Arrancamos todos en fila india y le dice algo en turco al primero, que comienza a seguirle. Seguimos detrás en fila india, siguiendo al policía, que va caminando y esquivando los restos del accidente. Nos acercamos a la zona donde más restos hay, justo donde ha quedado el camión atravesado, en la que cuesta encontrar un camino limpio de piezas y cristales cuando me fijo detenidamente y veo con absoluto horror que no solo esquivamos los restos de los vehículos… ¡Acabamos de esquivar una pierna humana! Estoy tan en shock que casi me como la moto que va delante. Seguimos avanzando detrás del policía y aguanto las náuseas al ver más restos humanos. En mi vida he visto algo semejante y no creo que se borre de mi cabeza en toda mi vida.

Gracias a Dios, llegamos a una zona despejada, el policía se aparta y ya tenemos la autopista libre. Estoy terriblemente afectado por lo que acabo de vivir y muchos pensamientos se acumulan en mi cabeza, entre ellos el de detenerme por hoy. No sé muy bien cómo, con el piloto automático puesto, me desvío donde me indica el GPS y me incorporo a una vía en la que hay mucho tráfico y tengo que volver a concentrarme en la conducción.

Avanzo muy lento entre los coches y con todo el cuidado del mundo, como es fácil imaginarse. Estoy en la circunvalación de Estambul y no solo el tráfico es denso y lento, es que además el estilo de conducir de los turcos, con muy poco respeto por las distancias de seguridad, hacen que vaya con mil ojos, de mal humor y con muy poca gana de nada. Y en esas estoy cuando un turco a bordo de una pickup me empieza a pitar, a seguirme, a darme las largas… No sé qué me está indicando, pero no hace más que darme largas y poner el intermitente derecho, como si quisiera que parara. Lo único que se me ocurre es que haya visto la matrícula y quiera saludarme o algo, pero me extraña en una vía como esa y en pleno atasco. No obstante, le voy haciendo caso, sobre todo porque se coloca delante de mí y va abriendo hueco hasta el carril derecho de la vía de cinco carriles y de allí al arcén. Una vez en el arcén, cuando me voy a bajar de la moto a ver si es que ha visto que llevo las llaves en la maleta o algo, asoma medio cuerpo por la ventanilla y me grita en inglés: “Motorbikes can go by the side!”. Tardo un par de segundos en entender que me está diciendo que puedo ir por el arcén como me confirma la moto que nos adelanta en ese momento. Le doy las gracias con la mano y un gesto de cabeza, y tiro por el arcén, con igual cuidado, pero a mayor velocidad y algo más seguro que entre coches.

A medida que me alejo de Estambul, todo cambia. El tráfico se relaja y el paisaje mejora. La carretera sigue con buen asfalto, transcurriendo entre montañas y paisajes cada vez más bonitos. Se me pasa el mal humor y el mal rollo, me pongo una playlist alegre en el Spotify y me digo a mí mismo que la muerte forma parte de la vida y que, precisamente por ser motero, debería saber que está ahí… Y que hay que disfrutar. Mi humor cambia definitivamente mientras profundizo en una Turquía más rural. Atravieso pueblos y ciudades con puestos de comida y tiendas, bullicio, cruces inverosímiles y esas situaciones que he escuchado contar mil veces a tantos viajeros: que si un burro a la salida de una curva, que si el camión que adelanta en sentido contrario. Saboreo el tremendo contraste que es conducir por un sitio como Turquía, con un orden anárquico en el que todo encaja. Si me pidieran que lo describiera con un símil, conducir por Turquía es como mi cuarto de soltero. Estaba todo desordenado, pero yo sabía en qué montón tenía que buscar cada cosa. El caos ordenado. Preciosos paisajes de montaña bordean la carretera, que a menudo está en obras, lo que hace aún más llevadero el camino.

Al atardecer veo indicaciones de 50 kilómetros hasta Samsun, que recuerdo que aparecía en el relato de otro viajero que iba a Turquía y que me sirvió como guía para preparar mi ruta, así que decido que va a ser donde pase la noche. Al entrar en la ciudad, resulta más grande de lo que esperaba. Decido pararme en una ancha calle a localizar un hotel mediante GPS y en esas estoy cuando dos policías, a bordo de una BMW GS (allí van dos policías por moto), me preguntan dónde voy. Les explico que busco hotel y me dicen que les siga. Mil cosas pasan por mi cabeza mientras me abren paso con las sirenas puestas. Me imagino siendo sobornado, siendo encerrado en una prisión, me imagino horas de revisión de documentos… Hasta que llegamos a la comisaría, donde hay un grupo de una media docena de GS de policía, todos ellos de animada charla. El policía que conduce me dice que por favor espere cinco minutos ahí y luego habla con el resto de policías, que me miran. Os podéis imaginar cómo estaba yo, creo que mi metro sesenta y nueve se había convertido en medio metro. Se acerca a mí un grupo de ellos y se ponen a hablar, mirando mi Triumph. Uno me indica que baje de la moto. Y yo, como un idiota, con el pasaporte en la mano, me bajo de la moto… Y se me cambia la cara cuando se sube en ella, pone el contacto y me pregunta si puede darse una vuelta, desapareciendo tras una esquina de la comisaría.

En fin, que a los dos minutos vuelve con mi moto intacta, hablando con todos los policías (y, a todo esto, yo todavía con el pasaporte en la mano). Me hace el gesto de OK al motor, y el de no OK a la suspensión delantera, en plan coleguilla motero que compara su moto con la tuya. No sé si reírme o vacilarle por tener una GS, y en esas estoy cuando aparece el policía que me ha llevado hasta ahí, me pregunta cuánto me quiero gastar en el hotel y tras consultar con sus compañeros, me dice que le siga. Vuelve a poner las sirenas de la moto y detrás de mí se pone el que ha probado mi moto a bordo de la suya, también con las sirenas. Y ahí voy yo, como un ministro, escoltado por dos motos de policía que me abren paso, hasta la mismísima puerta del hotel, donde suben sus motos a la acera y las cruzan, para que ni siquiera los peatones me molesten al aparcar. El recepcionista del hotel sale a recibirme con cara de susto y uno de los agentes habla con él. Me dan la mano, me despiden con un “buena suerte y ten cuidado”, y ahí me dejan con el recepcionista, que no sé si tiene la boca más abierta que yo.

Mi habitación es casi una suite y apenas me ha costado diez euros, aunque sospecho que mi entrada ministerial ha tenido algo que ver. Como siempre, ducha, ropa cómoda y a turistear. Recuerdo de la crónica que antes he citado que decían que en Samsun no hay mucho que ver. Lo corroboro. Una amplia avenida comercial con tiendas de marca, una estatua ecuestre de un señor que sospecho que no es un picador famoso… Y poco más. Busco un cajero para sacar algo de efectivo y me como un delicioso kebap en un sitio atiborrado de gente. Echo de menos una cerveza fría, pero en un país islamista, aunque sea moderado, es tarea difícil de encontrar. Curioseo por las tiendas de especias y dulces de un mercado hasta que me noto cansado y decido que es hora de acostarse, porque mañana tengo otro buen trecho que hacer, incluyendo el pase a Georgia por una frontera de la que he escuchado de todo, y nada de ello bueno.

Séptimo día. Si bebes, no conduzcas por caminos. El mar Negro.

 

Antes de dormirme había mirado por internet mi trayecto y me había dado cuenta de que Samsun es una ciudad costera y que ni siquiera he visto el mar Negro en mi paseo. Es una tontería, pero es una de las cosas que llevo años queriendo ver en un viaje en moto. Uno de mis viajes soñados es darle la vuelta completamente, cosa que pienso hacer en cuanto Ucrania se estabilice.

Arranco temprano y al poco de abandonar Samsun por la carretera del norte de Turquía que lo va bordeando, veo cómo aparece el Mar Negro a mi izquierda. Lo hace en un espléndido día de verano, algo menos caluroso que los anteriores y vuelvo a tener un nudo en la garganta. La música que escucho en ese momento es una de mis canciones favoritas y decido pararme unos minutos a contemplar el mar, en un sitio que no tiene nada de especial, pero que me hace sentirme realmente afortunado por poder disfrutar de algo así con mi moto, a solas. Estoy algo cansado de los kilómetros acumulados, pero voy cantando a medida que avanzo por la carretera, a veces viendo el mar, a veces por zonas de montaña, atravesando pueblos costeros abarrotados de veraneantes, que hacen la conducción más distraída pero lenta, ya que a menudo hay semáforos y cruces.

Y, por fin, justo después de comer, llego a la frontera con Georgia. La frontera es un auténtico caos. Parece que me he metido con la moto en un bazar. Gente andando, autobuses que no pasan por los camiones aparcados, coches que pitan. Voy avanzando, esquivando el tráfico, hasta que llego a una especie de cruce en la que no sé para dónde está Georgia, me detengo a ver si hay alguna indicación de por dónde pasamos coches y motos y noto un golpe por detrás que casi me tira. Un turco con prisas me ha golpeado en la maleta. Le mando recuerdos, en perfecto castellano, a todos sus familiares vivos y fallecidos. Por su cara, veo que no habla español pero que me entiende perfectamente. Con un buen mosqueo veo, por fin, por donde se pasa la frontera y adelanto la fila de coches que esperan a pasar hasta colocarme delante del primer mostrador de control, donde miran la matrícula. Y en esas estoy esperando cuando el coche que está detrás de mí, en un intento por meterse antes que yo en alguna de las filas, me golpea de nuevo en la maleta. Esta vez me pilla totalmente desprevenido, quitándome el casco y el golpe es fuerte, por lo que no aguanto la moto y nos vamos los dos al suelo.

Me levanto y compruebo que estoy bien. Ha sido aparatoso, pero estaba parado. Miro la moto y luego miro al imbécil que me ha dado, que permanece en el coche con cara de “Por Alá, la que acabo de liar”. Abandono el inglés y vuelvo al español mientras le aplaudo y cubro de excrementos a toda su genealogía conocida, porque estoy seguro de que la paterna la desconoce. Se baja del coche con la cabeza gacha y diciendo cosas en turco en un tono de disculpa… Le estoy gritando que si tiene prisa porque pierde su cita para abrillantarse las astas, cuando llegan tres policías turcos a todo correr y sucede una de esas escenas que parecen de película. Uno de los policías, el doble fuertote de Bud Spencer, le coge de la nuca con la mano, del tamaño de La Rioja, levantándolo del suelo. Otro policía, mientras, saca una porra rígida, como un palo de escoba de larga pero el doble de gruesa. Entre los dos gritan al aterrorizado turco, mientras lo arrastran fuera de la cola, hacia un edificio de un lateral de la frontera. El tercero viene hacia mí, me pregunta si estoy ok y me ayuda a levantar la moto. Inspecciona mi moto un instante, me dice que arranque, cosa que hago mientras por el rabillo del ojo miro hacia el edificio donde se han llevado al turco que me ha embestido porque se empiezan a escuchar gritos. La moto arranca, veo que he partido la maneta, pero solo la zona de la bolita del extremo. No hay más que unos leves arañazos y la moto funciona perfectamente, no ha sido más que la caída en parado y las barras han hecho su función. Finalmente, el policía se monta en el coche, lo arranca y lo aparca delante del edificio, que creo que es un tablao flamenco, porque se empieza a escuchar “Ay, ay, aaaaaaaaayy”.

La cola avanza y los trámites del lado turco van rápidos, porque todos los policías han visto lo de mi aterrizaje y me dicen que perdone, con frases que podemos traducir como “Imbéciles hay en todas partes”.

Todavía estoy asimilando un poco la situación cuando llego a la parte georgiana de la frontera. Esta vez decido no colarme y espero mi turno pacientemente, ya no solo porque no me embistan, sino porque hay tres ventanillas y la cosa se reparte. Estoy a pleno sol y hay unos cuarenta grados, por lo que me bajo de la moto, me quito la chaqueta, me quito el casco, saco el agua de la maleta y bebo un poco. Para rematar, en una de las veces que arranco para avanzar un poco, veo que la moto marca que está en reserva, con el testigo encendido y con autonomía “cero patatero”. Es imposible, sé que tengo al menos medio tanque, por lo que algo ha pasado cuando me ha tirado el cantaor. Quizás la boya de combustible se ha quedado atascada al inclinar la moto, quizás he perdido gasolina… No lo sé y estoy preocupado. Apago y vuelvo a arrancar a ver si algo se resetea y marca correctamente. Estoy mirando esto cuando del coche de la fila de al lado, un Range Rover con matrícula de Irán, que debe costar como mi piso de Madrid, se baja un individuo árabe, de los de camisón blanco y cara de petrodólar, viene hacia mí y con cara de haber esnifado el oro negro, agarra el acelerador y sin decir palabra acelera hasta el corte de encendido.

Soy bajito y poca cosa, pero pudo asegurar que cuando se me inflaman las gónadas, me da igual si frente a mí está el papa, el jeque Abdullah o el maharajá de Kapurthala. Y si los dos turcos que me han embestido me las han inflamado, el iraní me los ha puesto como dos globos terráqueos. Me da igual la diferencia de culturas o de educación. A mi Potrilla no le hace eso un tío vestido con un camisón de anuncio de Colón. Así que apago la moto, le empujo hacia atrás, me bajo tranquilamente y me voy a su Range Rover, que está arrancado. Me meto dentro, saludando a una señora y dos niños que me miran atónitos desde sus asientos y, aprovechando que el coche está encendido para tener aire acondicionado, piso el acelerador hasta que casi saco el pie por el suelo. Un gustazo escuchar el V8 del Range Rover llegar al corte en punto muerto. La familia no dice ni mu, y el iraní llega gritando. Le hago el ok con la mano mientras piso todavía más y escucho los pedos que se tira el motor del Range Rover, con el cuentarrevoluciones dando la vuelta al marcador. El iraní se pone medio violento para que me baje, así que le respondo en nuestro maravilloso castellano “¿A QUE JODE?”, que lo deja mirándome como el que ve a un psicópata afilar el hacha.

En fin, que me toca en el primer mostrador de la frontera y me atiende un policía que apenas aguanta la risa por la escena que acabo de dar y me dice “Irán puaagghhhhh”. Por lo que veo, tienen un buen club de fans por el mundo. Paso el último puesto con las preguntas de rigor, un sello al pasaporte y estoy dentro de Georgia.

Mi primera impresión es que me he metido en Torrevieja, en la playa de La Mata, en hora punta, durante un apocalipsis zombie.  Sarpi Beach, que es como se llama esta zona, es un sitio de veraneo puro y duro. Debe ser la hora de ir a la playa, porque el tráfico es infernal. Con carretera a ratos asfaltada por la que cruza gente en plan suicida, a ratos camino polvoriento, rodeada de puestos playeros con gente gritando, oficinas de cambio, vacas que ocupan media calzada, camiones y coches cuya norma de tráfico es “soy más grande, tengo prioridad”, un BMW descapotable que me adelanta por la derecha a toda velocidad y uno de cuyos ocupantes me tira una botella de vodka vacía, un grupo de gallinas que aparecen de no sé dónde y espanto con un rastro de plumas en el aire, un camión que adelanta a otro, haciendo que me tenga que tirar al arcén para no ser atropellado, un Mercedes que remolca a otro con la mitad de años, y con una cuerda apenas visible de 20 metros de longitud, ante la que freno a dos centímetros de la rueda, todo esto con un calor infernal… En fin, que, entre fronteras y entrada en Georgia, mis nervios están al límite y empiezo a preguntarme qué narices hago yo ahí y por qué no habré hecho la vuelta en moto a Toledo en lugar de irme hasta allí.

La entrada en Georgia me dejó un poco "acongojado".

La entrada en Georgia me dejó un poco «acongojado».

Para rematar, he reservado un hotel a medio camino de Armenia, en Ajaltsije, y el GPS me indica que no puede trazar la ruta hasta ahí. La noche anterior, repasando la ruta, desplegué el mapa de papel del Cáucaso y decidí que, en lugar de ir hasta Tiflis, la capital de Georgia iba a atravesar la frontera sur, que aparece en el mapa como una hermosa carretera principal que atraviesa varios parques naturales. Un cambio de última hora que no sé bajo qué inspiración divina hice, pero que ahora parece que al GPS no le gusta. Decido abandonar la carretera principal y meterme por una de las calles laterales, en la dirección que debo seguir, supuestamente. La calle es más tranquila y me permite relajarme. Veo una oficina de cambio que además es bar con terraza, apartada del bullicio, y me paro. Aprovecho que Georgia no es islamista y me pido una cervecita mientras cambio veinte euros. La cerveza es de medio litro y me hidrata y me da ánimos. Sé que escribir que te bebes medio litro de cerveza cuando tienes que conducir es amoral, pero lo cierto es que lo necesitaba y que, probablemente, en la última hora había perdido como dos litros de agua en el cuerpo.

Despliego el mapa y la carretera está ahí, bien gorda y roja. Voy buscando en el GPS los pueblos que atravieso, hasta que, por fin, me traza una ruta hasta uno de ellos. Si consigo llegar ahí, la cosa está chupada, puesto que ya todo son pueblos pequeños y la general los atraviesa por el centro. Así que calmado, hidratado y animado, me digo a mí mismo que Georgia no va a poder conmigo y arranco. La cosa va mejorando y la carretera se va quedando vacía, con apenas tráfico. No solo eso, si no que el paisaje de montaña se vuelve espectacular. Montañas verdes, valles, grandes picos, bosques y un río cuyo cauce voy siguiendo en paralelo hacen que me enamore de esa Georgia y me olvide de la caótica entrada al país. Disfruto como un niño, porque la carretera resulta estar repleta de curvas, bien asfaltada y con ese paisaje de montaña tan bonito. No me olvido de dónde estoy y dejo margen de reacción, porque sigo encontrándome vacas en medio de la calzada, o algún socavón repentino, algo a lo que voy a tener que acostumbrarme durante el resto del viaje.

Avanzo a buena velocidad hasta que la carretera empieza a estar con el asfalto muy deteriorado. A ratos incluso desaparece completamente y se convierte en pista. Vuelvo a ponerme de pie en la moto y bajo el ritmo hasta que, al abandonar un pueblo, la carretera simplemente desaparece, como si ese fuera el fin, y comienza un camino. Abro el mapa y, efectivamente, pasa por ese pueblo. Y, además, el pueblo son tres casas, no hay cruces, no hay más calles… No hay otra posibilidad. Miro el mapa incrédulo. No puede ser, la carretera llega hasta la frontera. Retrocedo un poco hasta una gasolinera y empiezo a preguntar. Varias personas se acercan, pero no entienden bien el mapa, porque no saben leer en caracteres latinos. A duras penas me hago entender cuando aparece una grúa. Le pregunto al conductor y me confirma que debo seguir de frente. Veo que de vez en cuando siguen pasando coches, en ambos sentidos, lo que me termina de convencer de que, efectivamente, la carretera se ha convertido en camino, así que decido seguir.

El camino deja paso a una pista, sin dificultad para alguien con unos poquitos de conocimientos de llevar una trail, pero es cierto que me asusto un poco. No dejo de llevar un bicho de trescientos kilos, voy solo y en cada bache me arrepiento de llevar baúl en lugar de un petate que no brincara. Pienso que debe ser un tramo en obras, o estropeado, y que pronto volverá el asfalto. Pero no… Continúa la pista, a ratos con algún paso que ya no es tan sencillo de hacer con Potrilla. Empiezo a preocuparme un poco. Llevo gasolina como para hacerme doscientos kilómetros, pero la pista se está complicando y mi velocidad baja a veinte o treinta kilómetros por hora. A este ritmo voy a llegar a Ajaltsije de noche, y eso sí que me preocupa… De noche, solo, por una pista de Georgia, en la que cada vez pasan menos coches…

Paso varios arroyos cuyo fondo es arcilloso y me ponen en apuros, porque mis neumáticos son mixtos y su taco no se lleva nada bien con el barro. Me cruzo con dos trails cargadas de bultos a las que me hubiera gustado preguntar si voy bien y cómo está la cosa más adelante, pero no me da tiempo más que a saludar. Mi único consuelo es que el paisaje es absolutamente espectacular y aún con el agobio que me está entrando, me obliga a parar y disfrutar de él.

Y esto es una carretera nacional...

Y esto es una carretera nacional…

La pista empeora y ya hay tramos en los que quito el control de tracción y tengo que tirar de embrague para pasar. Atardece y la puesta de sol es espectacular, y la disfruto a medias, convencido de que no voy a llegar a Ajaltsije y que tendré que dormir en cualquier sitio que encuentre. He visto en el mapa que tengo que atravesar muchos pueblos, así que estoy seguro de que ya encontraré dónde dormir. El nivel de gasolina también ha bajado por tener que ir en primera y segunda, pero sigo teniendo para, al menos, hacer cien kilómetros más, aún a este ritmo. Así que me digo que bueno, que algo así es parte de un viaje de este tipo, que esto no es la M-40 y que hay que buscar soluciones y adaptarse. Ahora el objetivo es encontrar dónde dormir, aunque sea al raso y, mientras, disfrutar de la preciosa pista que estoy recorriendo.

Y parece que el pensar en positivo funciona, porque la pista mejora por momentos. De repente, aparece un tramo digno de una autopista europea. Parece una tomadura de pelo, en medio de una pista, cien metros de carretera perfectamente asfaltada, iluminada… Algo realmente extraño. Aparece una señal que indica que Ajaltsije está a 35 kilómetros y la pista se hace perfecta, como para circular a noventa. Y no solo eso, si no que unos pocos kilómetros después, la carretera reaparece, con buen asfalto, y el GPS, mudo hasta entonces, me indica que ya puede trazar la ruta. Entro en la ciudad de noche, pero muy contento. A pesar de todo, he cumplido mi plan de viaje y ya solo me queda encontrar el hotel. Lo primero que me llama la atención es que la ciudad está invadida por las mariposas, que se arremolinan a millones cerca de las farolas.

Toma mariposas.

Toma mariposas.

Sigo las indicaciones del GPS y llego a un callejón sin salida ni luz, de un barrio con casa bajas, con una hoguera en medio de la calle, alrededor de la cual hay un montón de gente con cervezas en la mano, que se asombran de verme llegar ahí. Se acercan en manada a hablarme en georgiano y yo intento hablar en inglés con ellos, preguntando por el hotel. No entienden nada y empiezan a toquetear la moto, el GPS. Uno de ellos coge el acelerador y le tengo que decir que no mientras intento retroceder los trescientos kilos de moto. Estoy completamente rodeado de borrachos que gritan en lo que parece ser un barrio no muy bueno de Georgia, así que, la verdad, me asusto un poco. Afortunadamente uno de ellos no parece tan borracho y me dice “Hotel Amigo, go back, turn left, then right”, mientras aparta a todos. Me ayudan a darle la vuelta a la moto, me dicen adiós y salgo sin mayores problemas. Creo que en realidad me agobié yo más de lo que la situación lo merecía.

Por fin encuentro el hotel, que está a cien metros escasos del callejón. Me reciben con una sonrisa, metemos la moto en el parking, me dan las llaves y subo corriendo a ducharme para buscar algún sitio donde cenar algo, porque apenas he comido desde la mañana y las tensiones me han dado hambre. Bajo a recepción y cuando pregunto dónde puedo cenar algo, me regañan por lo no habérselo dicho antes. Antes de darme cuenta, me han cogido de la mano, me han llevado a un comedor, me han sentado, me han hecho dos huevos a la plancha, un bistec de tres dedos de grosor y dos palmos de largo, patatas panaderas, una tarta de zanahoria, una crema de yogur y dos cervezas de medio litro. Me cobran dos euros por todo y me piden perdón por no tener nada más, porque no he avisado de que quería cenar.

Me apetece estirar las piernas, así que les pregunto dónde puedo tomar la penúltima y me indican un “bar disco” a cinco minutos a pie. Cuando llego, se trata de un bar karaoke donde solo estoy yo y la camarera. Me ofrece la carta de cervezas y la de canciones, pero está en georgiano, cuyos caracteres escritos son como si una mosca se hubiera manchado las patas de Nocilla y se hubiese paseado por un papel. Me tomo otra cerveza y abandono el local, dejando a la camarera con una cara de pena que no veas. Yo creo que esperaba que me arrancase con algún temazo, pero dejo el deleitar al pueblo georgiano con mi tremendo chorro de voz para otra ocasión, porque no quiero que me deporten. Y, como diría mi madre, un pis y a la cama.

Octavo día. Qué fea es Armenia. Qué bonita es Armenia. No hay mares.

Me levanto cansado pero muy contento y nervioso. Hoy es el gran día. Si todo va según lo previsto, hoy entro en Armenia, el objetivo final del viaje. En el hotel me dan un desayuno digno de un ministro. Tortilla, tarta, tostadas, bizcocho, yogur con miel, café, té, zumo de arándanos, galletas, salchichas y huevo duro. No hablo de un desayuno tipo buffet en el que tú coges lo que quieres, hablo de que me lo van trayendo todo a la mesa. Aprovecho porque he calculado que estaré en la frontera justo a mediodía, así que lo mismo me toca no comer.

Afortunadamente, tengo buena carretera casi todo el camino hasta la frontera. A ratos desaparece y me encuentro un tramo de pista, pero sin apenas dificultades. Además, bordeo un precioso lago y tengo tramos de curvas dignas del mejor puerto de montaña, que hago a buen ritmo y disfrutando muchísimo. Probablemente es una de las carreteras más bonitas que he hecho en mi vida, atravesando un parque natural. Me voy aproximando a la frontera y también veo carteles que anuncian frontera con Turquía por una carretera con muy buen aspecto. Ni en mi mapa ni en mi GPS aparece esa carretera, mucho menos que haya una frontera con Turquía, así que lo dejo anotado mentalmente para el regreso.

Y, por fin, aparece ante mí la frontera con Armenia. Estoy feliz y afronto los trámites fronterizos con optimismo, ya que parece que mi plan de ir por el sur de Georgia en lugar de por el norte, como hace casi todo el mundo, ha sido buena idea, porque soy el único que va en su vehículo, camiones aparte. Y, efectivamente, paso el lado georgiano en un suspiro y me encuentro con que tengo un kilómetro de pista en un estado terrible hasta el lado armenio. Sí, entre puesto y puesto no solo tengo que ponerme de pie, si no que varias veces casi beso el suelo porque los pedrolos de la pista son como balones de fútbol. Finalmente, llego al puesto fronterizo armenio sin incidentes, aunque pensando en que, si la frontera está así, cómo estarán las carreteras luego.

El lado armenio exige un poco de burocracia. Afortunadamente, vuelvo a ser el único que pasa con su vehículo. Primero, control de pasaporte y vehículo. Luego otro control en el que me explican que tengo que abonar las tasas de entrada (unos veinte dólares), en una oficina bancaria dentro del propio edificio aduanero. Por último, me exigen contratar un seguro para la moto, por unos diez dólares, en otra ventanilla. En total, habré perdido en la frontera casi una hora, y eso siendo el único en todas las ventanillas, así que no quiero pensar cómo puede ser el paso norte, por el que entra la mayoría de la gente. Muestro todo al oficial de barrera, que toma los datos a mano ya que, según me explica, les han puesto un programa nuevo y al seleccionar “moto”, solo les aparecen las cuatro marcas japonesas. Me abre la barrera, cruzo un par de puestos y… ¡Estoy en Armenia!

Mis primeras impresiones con Armenia son un poco decepcionantes. Tras el espectacular paisaje montañoso de Georgia, me encuentro unos secarrales de color pardo sin ninguna belleza natural. Aquello parece las llanuras de Castilla, con campos de secano hasta donde se pierde la vista… Y nada más. Paro en Bavra, el primer pueblo, a comprar agua fresca, porque he sudado de lo lindo en la frontera y aprovecho para sacar dinero en efectivo, recibiendo unos cuantos billetes de diez mil y hasta uno de cincuenta mil. Cuando salgo del supermercado en el que he comprado el agua, un olorcito a carne a la brasa me recuerda que no he comido y son las cuatro de la tarde, así que dejo que mi nariz me oriente hasta un puesto de comida en la carretera. Por algo más de dos euros me como un espadón de carne de ternera a la brasa y un refresco. La carne resulta estar absolutamente deliciosa.

Con la tripa llena sigo mi camino, rumbo a Ereván, la capital armenia, donde he decidido quedarme cinco días. Armenia es pequeñito, del tamaño de Galicia, y la capital queda en el centro, así que prefiero quedarme ahí y ahorrarme la búsqueda de hoteles, carga, descarga diaria, e ir haciendo rutas por el país para regresar a la capital a dormir, aunque por el precio del hotel que he reservado, poco más de quince euros diarios, si un día estoy cansado, no descarto quedarme a dormir donde esté.

Mis primeros kilómetros por Armenia me permiten conocer el país y lo que va a ser la tónica de conducción en él. La carretera no es mala, está asfaltada en su totalidad, aunque tan bacheada que muchos tramos los conduzco de pie para descansar un poco el culo. De vez en cuando desaparece el asfalto y aparece un tramo de pista, normalmente en buenas condiciones. La señalización es escasa y, eso sí, cada pueblo tiene un radar. Sí, un radar en cada pueblo, y no exagero. Además, hay una gasolinera cada kilómetro. De hecho, no he visto tantas gasolineras en ninguna parte del mundo, incluso entre pueblos pequeños. Por lo demás, se mezclan vehículos de muy alta gama, con coches de la extinta URSS y más años que yo. Normalmente, estos son los que causan problemas, ya que giran sin mirar ni señalizar, hacen maniobras rarísimas y siempre parece que van conducidos por borrachos. Así que la velocidad en asfalto la limito a noventa o cien, por muy bien que esté la carretera, porque siempre hay un socavón, un Lada que gira sin avisar o un rebaño de vacas que parecen surgir del suelo.

A medida que avanzo en dirección a la capital, mi impresión con Armenia va cambiando. El paisaje se vuelve montañoso y verde, muy verde. Cada vez va siendo más bonito hasta que se convierte en absolutamente espectacular. Grandes montañas y valles, de un verde intenso, por reviradas carreteras con buen asfalto me obligan a detenerme una y otra vez a admirar el paisaje. Y es entonces cuando tomo conciencia de que estoy en Armenia, que he llegado, que lo he conseguido y vuelvo a emocionarme.

Se me hace de noche cuando llego a Ereván. Mi hotel está muy cerca del centro y me sorprendo al cruzar la capital y descubrir una ciudad muy moderna, con tráfico, sin una sola moto de ningún tipo. Podría pasar por cualquier capital europea si no fuera por el deteriorado asfalto que te encuentras cuando menos lo esperas y que te obliga a estar atento en todos los cruces y giros.

Llego al hotel y tras la ducha de rigor, pregunto cómo llegar mejor al centro, si es posible andando para estirar las piernas. La amable recepcionista me está explicando los medios de transporte cuando recibe una llamada. Me dice que el director del hotel va justo al centro en ese momento y que si quiere me acerca. Acepto encantado y al a los dos minutos veo llegar una inmensa mole de dos metros de músculos y una cara de “me como un español para desayunar” que no veas. La recepcionista me explica que es ruso y que no habla inglés. No puedo dejar de pensar en que claro, que para qué va a hablar inglés el director de un hotel.

El ruso me lleva hasta un impresionante Toyota Land Cruiser, con todos los cristales tintados, en el que ha instalado una pantalla de quince pulgadas para ver porno-pop ruso. Porno-pop consiste en chicas rusas, todas tremendísimas, que cantan canciones pop en pelotas. Me cuenta que es de Moscú, casi por señas. No puedo dejar de mirar el coche que lleva, el Rolex, las pulseras de oro de dos centímetros de diámetro, los collares y anillos… Algo no me cuadra con el sueldo de director de hotel, pero me callo mis dudas. Nos paramos en un semáforo justo al lado de un coche de policía y le digo medio en inglés, medio en señas que hay mucha policía en Armenia, cosa que es cierta, porque me he cruzado con muchísimas patrullas de carretera en el camino. Me mira, se ríe, saca su cartera y me enseña un carné y una placa…. De policía. Me dice algo en ruso o armenio y se muere de la risa. Recuerdo haber leído algo acerca de la mafia armenia y de cómo los grandes mafiosos rusos se han instalado en este país por lo fácil que es para ellos vivir bien, sí que prefiero no mirar a la parte trasera del coche por si veo algún cadáver o algo.

Tras bajarme del Toyota y darle las gracias, doy un paseo por el animadísimo centro de Ereván. Mi primera impresión se confirma, aquí hay dinero. Mucho dinero. Lujosísimas tiendas de moda y joyería, grandes terrazas de restaurantes muy pijos… Y todo a precios europeos. En los restaurantes no se come por menos de veinte euros y las cervezas cuestan tres o cuatro, una auténtica barbaridad para los precios del resto del país. Todo está muy limpio y la gente va muy arreglada, tanto que me doy cuenta de que mis pantalones vaqueros cortos son la excepción, ya que todo el mundo va “de largo”. Caminando topo con un restaurante un poco apartado que promete comida casera armenia, donde ceno a un precio razonable de doce euros y disfruto de una de las mejores cosas de Armenia, que es su comida, muy rica y muy variada, excepto por la falta de pescado.

Termino mi paseo por la capital y me voy a la cama tras una animada charla con la recepcionista del hotel, que me hace un buen interrogatorio acerca de España.

Noveno día. El este de Armenia y su Benidorm. El lago Sevan.

Mi primer día en Armenia lo aprovecho para levantarme un poco más tarde que los últimos días. Mi ruta prevista de hoy comprende la zona este del país, donde se encuentra el lago Sevan, y la ruta al noroeste de la capital. El orden es un poco arbitrario, ya que he intentado trazar varias rutas que combinen turismo monumental con rutas puramente paisajísticas.

Enfilo hacia el citado lago por una carretera con buen asfalto, franqueada por gasolineras, comercios y restaurantes de carretera. Son muchos los comercios locales que ponen sus tenderetes al borde de las carreteras con la esperanza de vender. Desde agricultores, apicultores, alfareros hasta puestos de artículos de playa, como los que encontraríamos aquí en cualquier paseo marítimo. La carretera en este tramo no tiene mayor interés, hasta que llegué a Sevan, que es algo así como el Benidorm de Armenia. Carecen de playa y el lago, que apenas está a una hora de la capital, hace las veces de destino del turismo interior.

Voy bordeando el lago en dirección sur, admirando el paisaje que lo forma. He marcado en el GPS un punto llamado Turquoise Beach camino de mi verdadero destino, el monasterio de Hayravank. En realidad, lo marco porque me hace gracia el nombre, no porque haya encontrado mucha información o sepa realmente que ahí hay algo, pero resulta ser una playita de unos diez metros de largo, muy tranquila, con apenas un par de casetas de playa en ella y en la que solo hay una familia. Así que aprovecho que previsoramente me he puesto el bañador debajo de la cordura y aparco la moto, para deleite de los niños, y cogiendo mi toalla me voy al lago. El agua no está fría y me doy un chapuzón rápido que me refresca. Tomo un poco el sol para secarme y sigo mi camino hacia Hayravank. No tardo mucho en llegar al monasterio.

En el exterior del templo veo algunas lápidas cuyas tumbas miran al lago desde lo alto del promontorio. Sin duda, un bonito sitio para descansar.

Aprovecho para contar que Armenia fue la primera nación en adoptar el cristianismo, por lo que la religión cristiana es realmente importante en su cultura, aún hoy en día, y la gran parte de sus viene culturales se centran en la visita a templos verdaderamente antiguos. Y el monasterio de Hayravank es un buen ejemplo de ello. Erigido en el siglo IX, es un claro ejemplo de cómo son los monasterios antiguos de armenia. Es oscuro, no muy grande, decorado a base de policromías y con unas magníficas vistas al lago. Además, llego justo cuando se celebra una preciosa ceremonia cantada en la que quedo un poco en ridículo, pues cuando termina, el cura abandona la zona del altar y se dirige hacia mí. Yo estoy vestido de motero y con la cámara en la mano, y aunque he hecho alguna foto, he intentado respetar, por lo que cuando el cura se planta frente a mí y se me queda mirando, yo no sé muy bien qué hacer y sonrío como un idiota… Hasta que pasa de largo y se para delante de otra persona, que inmediatamente besa el crucifijo que lleva el cura en sus manos. Como ya he demostrado que mi asistencia a misa es la misma que la de un fotógrafo, es decir, bodas, bautizos y comuniones, salgo del templo, peor antes hago algo que he me prometí hacer cuando planeé el viaje, y es encender una vela por el alma de la hija de un compañero del Club VFR, fallecida pocos días antes. Ya digo que yo de creencias religiosas ando justito, pero quiero pensar que esa vela, encendida en un templo a cinco mil kilómetros de España, sirva para darle algo de luz y calor a sus padres. No sé si llegarán a leer esto algún día, pero sirvan estas líneas y este gesto como abrazo y apoyo ante algo tan terrible que no puedo ni imaginar.

Vuelvo sobre mis pasos por la carretera y tomo rumbo al norte del lago. Hago una nueva parada para visitar otro monasterio, el de Sevanavank, que en realidad consta de dos iglesias con unas preciosas vistas al lago, unidas por muros. Tras la visita, vuelvo a la carretera y sigo rumbo norte.

Pronto el lago deja de estar a mi derecha y la carretera sube por una montaña cubierta de verde. Aquello parece un puerto asturiano, disfruto como un enano con la moto, por el buen asfalto y por las curvas y compruebo que pasa como en España: mucho coche de lujo, tropecientos caballos de potencia… Pero llegan dos curvas y se cagan de miedo, así que adelanto a todo el mundo tanto en la subida como en la bajada. Una pequeña rascada con una de las maletas me indica que me estoy animando demasiado, así que aflojo el ritmo un poco y disfruto del paisaje, que repito que es espectacular, sobre todo para un mesetario como yo. Con una sonrisa de oreja a oreja llego a mi siguiente visita, Goshavank, mucho más grande que los anteriores y que se compone de varias capillas y edificios, uno de ellos biblioteca y del que me impresiona su bóveda central.

Tras la visita vuelvo hacia la zona del lago, porque es la hora de la comida y he visto numerosos puestos que venden pescado del propio lago y que quiero probar. La recepcionista me ha dicho que el pescado está muy rico y que lo pruebe, así que para en uno de los “chiringos” y con unas preciosas vistas al lago pido algo de pescado, que resulta, como la gran mayoría de pescados de agua dulce, bastante malo, con mucho sabor a fango. Menos mal que lo sirven con una salsa picante y una riquísima ensalada…

Después de comer pongo rumbo a Saghmosavank, otro monasterio enclavado junto a un impresionante valle. Las vistas bien merecen la visita y, además, cuando llego se está celebrando una boda, aunque, por más que me arrimo, no consigo que me inviten al banquete. En cualquier caso, como digo las vistas son impresionantes y, para llegar, se atraviesan algunas zonas de la Armenia más pobre y rural, que no tiene nada que ver con la de la capital. Casas de adobe, agricultores y ganaderos bastante humildes, aunque sin llegar a la extrema pobreza que yo imaginaba. Simplemente, gente humilde y pobre, pero no es un país tercermundista.

La ruta, que está resultando preciosa en cuanto a paisajes y cultura, me lleva hasta Hovanavank, otro precioso monasterio desde el que se divisa una preciosa cascada, y hasta Kamravor, un pequeño templo que data nada menos que del siglo VII y cuyo principal atractivo es que prácticamente se conserva tal cual desde la fecha.

Continúo rumbo a mi siguiente destino y hago una parada en el monumento al alfabeto armenio, en el que el juego consiste en encontrar la letra equivalente a tu nombre. He intentado memorizarla, pero al llegar allí me pierdo entre todas ellas. Como anécdota, me encontré a los únicos españoles que pude ver en toda Armenia, una pareja con la que hablo animado y compartimos experiencias y consejos. La verdad que es una alegría hablar en castellano después de tantos días de inglés.

Delante del alfabeto armenio.

Delante del alfabeto armenio.

El día está siendo muy completo, pero lo cierto es que aún me espera lo mejor. Tomo rumbo a Amberd, ruinas de una antigua fortaleza. La carretera de por sí merece ir. Solo puedo decir que es de las carreteras más bonitas que he recorrido en mi vida. El paisaje es simplemente alucinante. Pierdo la cuenta de las veces que paro a gozarlo. Casi me da pena llegar a la fortaleza, aunque su situación hace que casi disfrute más del paisaje que de las ruinas en sí, pese a contar con cosas tan curiosas como un baño de agua caliente con tuberías metálicas, de origen romano. A la salida, me doy cuenta de que he dejado la moto en una pendiente y mirando hacia abajo y doy un bonito espectáculo a los turistas, empujando y tirando de ella hasta que dos personas me ayudan y puedo salir del atolladero.

El último punto que me indica el GPS es algo raro. Cuando estaba trazando las rutas en casa, encontré en Google un sitio cercano que figuraba como “laboratorio de rayos cósmicos”. Como estaba relativamente cerca y me pareció muy curioso, lo añadí como waypoint. Y, la verdad, es de lo mejor que pude hacer en el viaje… En primer lugar, la carretera va ascendiendo y puedo ver, hasta donde la vista alcanza, algunos de los paisajes más bonitos que he visto en mi vida. Inmensas praderas y montañas con nieve en sus picos, ríos y lagos… Veo tiendas de nómadas y ganaderos, secando pieles de ovejas al sol, tal y como deben llevar haciéndolo desde hace siglos y que tan solo he visto en imágenes de reportajes de viajes. Me acerco a una de ellas para fotografiarlas y un niño viene corriendo a ver la moto. Su padre y su madre acuden corriendo, asustados, a ver quién soy qué voy a hacerle a su hijo. Saco la cámara y con una sonrisa les saludo. Hablamos sobre todo por señas, les pido permiso para hacerles fotos y me dicen que no, pero me permiten fotografiar las pieles. El padre me hace señas y me dice que le siga a la parte posterior de la tienda. Allí tiene una especie de mesa camilla con dos sillas, a modo de terraza. Tiene unas vistas impresionantes de todo el valle y antes de que me dé cuenta tengo un vaso de un té humeante. Lo pruebo y es realmente fuerte y amargo, pero lo saboreo y agradezco, porque estamos muy altos y se nota el fresco de la altura. Estoy tentado de decirle que, si puedo entrar a su tienda, más por curiosidad que por otra cosa, pero la verdad es que me da reparo y me callo.

Una foto que siempre recordaré.

Una foto que siempre recordaré.

Paisajes increíbles

Paisajes increíbles

Me despido de los nómadas, no sin antes dejar que el niño suba a la moto y la acelere un par de veces y sigo por la impresionante carretera. Cada vez asciendo más y las vistas son mejores, pero empiezo a notar el cambio de temperatura. Pronto estoy absolutamente solo hasta donde alcanza la vista y casi llegando a la cima, encuentro varias tiendas más de ganaderos, que también utilizan carros cubiertos tirados por caballos para alojarse. Estoy ensimismado contemplando la belleza de todo, cuando tres enormes perros, del tamaño del mastín español, me atacan e intentan morderme. Hago maniobras para esquivarlos y doy un golpe de gas dejándolos atrás, pero el susto me ha disparado las pulsaciones, porque no me los esperaba para nada.

Nómadas

Nómadas

Qué vistas...

Qué vistas…

Sin perros, todo mucho mejor.

Sin perros, todo mucho mejor.

Finalmente, hago cima y llego al antiguo laboratorio, hoy clausurado. Siento repetirme, pero el paisaje montañoso es de lo más bonito que he visto en mi vida. El laboratorio se ha reconvertido en parte en un camping situado al borde de un lago, con unas impresionantes vistas. Decido acercarme al camping y tomarme una cerveza antes de iniciar el regreso al hotel. El camping tiene unas mesas estratégicamente situadas al borde del lago, así que me acerco al bar de la entrada y pido una cerveza. Allí está una mujer atendiendo, junto con cinco paisanos bastante tocaditos de bebida. Me preguntan de dónde vengo, qué hago ahí, etc.… Hablan un inglés muy limitado, así que les digo que, de España, de Madrid, que voy a estar una semana y me largo con mi cerveza a una de las mesas. Y ahí estoy yo, mirando las montañas con nieve en las cumbres, los verdes valles, el lago de aguas transparentes con las carpas saltando a capturar insectos, con un precioso atardecer y pensando en que solo por esto ha merecido la pena cada kilómetro que he hecho, cada turco o georgiano que he esquivado… Cuando empiezo a escuchar la puñetera canción de verano, el “Despacito”. No puedo creérmelo y vuelvo la vista enfurecido hacia el bar del camping… Y allí está la dependienta junto con los borrachines, que me sonríen y me hacen todos el signo de ok y me gritan “Eeeehhhh, Españaaaaaaa”. Al final termino riéndome y disfrutando igual de mi cerveza.

Llega la hora de bajar porque está anocheciendo. Cierro las ventilaciones del traje, porque el frío es ya mayor e inicio el descenso. Al llegar a la altura de los perros, veo que están sentados en medio de la carretera esperándome. No sé qué hacer, evalúo posibilidades. Descarto pasar a todo gas, porque son como terneros de grande, si me trago uno… Así que veo que hay una especie de camino paralelo a la izquierda, fuera de la carretera, entre los carros, que decido tomar a buen ritmo para no darles tiempo a que lleguen. Pero no he visto que el camino cruza un riachuelo y me lo trago antes de darme cuenta. Doy gas y echo el culo atrás, pero la rueda delantera desliza de lado y tengo que sacar la pierna, algo bastante complicado con mi uno sesenta y nueve y los 250 kilos de moto. La moto se me va hacia un pequeño terraplén y no consigo frenar. Los ladridos de los perros están a mi lado. Bajo por el terraplén esperando el piñazo inminente mientras maldigo dentro del casco, con la moto dando brincos haciendo tope de la horquilla. Milagrosamente, no solo no me caigo, si no que la inercia de la bajada hace que suba por el otro lado del terraplén y me encuentre de bruces con la carretera, que justo en ese punto hace un giro en forma de “U”. No sé qué hubiera pasado en un sitio tan remoto. No solo por la moto, si no por los perros, pero lo cierto es que salí indemne y regresé al hotel sano y salvo.

Décimo día. Monasterios y catedrales. Ni lagos ni mares. 

Comienzo la ruta yendo al noroeste, a puntos muy cercanos a la capital a apenas veinte kilómetros, con la visita Zvartnots, ruinas de una antigua catedral. Después me dirijo a Saint Hripsime, que es uno de los templos más antiguos de toda Armenia, nada menos que de comienzos del siglo VII. Está muy bien conservada y el único problema que le veo es que sábado y no me he dado ni cuenta porque he perdido la noción del día de la semana que es y está abarrotada de gente, sobre todo rusos y armenios. Apenas escucho hablar otros idiomas y ni siquiera hay japoneses, que yo pensaba que es imposible hacer turismo sin encontrártelos en cualquier parte del mundo. En este templo reposan los restos del primer mártir armenio, que da nombre al templo, pero me hace gracia que te cuenten que en excavaciones posteriores se han encontrado restos de mujeres torturadas y que a ellas no se les dedique el templo ni se les cite por ninguna parte. Se ve que en esto también hay mártires de primera y de segunda.

Casi sin bajarme de la moto visito dos templos más, muy cercanos, Etchmiadzin, que es la primera catedral del cristianismo y tiene edificios del siglo IV y este sí es, además, el edificio cristiano más antiguo de Armenia. No solo es una catedral preciosa que rezuma historia, es que además contemplo dos reliquias que me impresionan, pese a no ser creyente, la lanza de la pasión, con la que hirieron a Cristo en el costado, y un trozo de madera del Arca de Noé. Termino la mañana visitando la iglesia de San Esteban, en Artik, un pequeño templo de considerable altura.

La noche anterior estuve pensando acerca del regreso y había decidido volver por la misma ruta e intentar el paso por la frontera a Turquía que había visto indicada de camino a Armenia, evitando irme a la capital de Georgia para bajar a la frontera. Primero, por el mal recuerdo de esta y, segundo, porque eso me permitiría entrar en Turquía por su parte central, en lugar de hacerlo pegado al Mar Negro. Así que cuando me paré a comer en un puesto de carretera, saqué mis mapas y programé en el GPS los waypoints que había previsto para el día del regreso, de camino a Tiflis. Por cierto, tengo que decir que paré en un puesto de carretera simplemente porque tenía barbacoa y había gente sentada y resultó que lo atendían tres señoras mayores que me dieron una sopa de verduras, chuletas de cordero a la brasa, una ensalada de tomate y cilantro, dos pasteles, una botella de agua pequeña y una cerveza de medio litro, todo absolutamente delicioso, de chuparse los dedos, y me cobraron tres euros por ello. No tenían café, pero me invitaron a un té. Su amabilidad al servirme me recordaba a mi propia madre. Me quitaron el casco para lavar la visera, metieron dentro de la tienda la chaqueta para que no me estorbara… Y lo único que hice fue sentarme con un niño, supongo que su nieto, a hablar inglés con él y enseñarle en un mapa dónde está España y a decir hola, gracias…

Por la tarde visité Sanahin, un precioso templo, de nuevo situado en un emplazamiento de quedarse con la boca abierta. De ahí fui a Haghpat, declarado Patrimonio de la Humanidad y que me impresionó tanto por dónde está situado como por el tamaño de sus arcos y bóvedas. El siguiente punto que visitar era el monasterio de Ajtala, pero tuve que renunciar a hacerlo, ya que la carretera se convirtió en pista, la pista en trialera, y esta era un paso imposible para mí, por las piedras sueltas. Pregunté si ese camino continuaba mucho y me dijeron que unos 35 kilómetros. No quise arriesgarme a una caída segura, porque a punto estuve de estofarme un par de veces en los apenas cien metros que hice antes de darme la vuelta.

Tras eso, aprovechando que era temprano, decidí irme al hotel y descansar, puesto que al día siguiente me tocaba madrugar bastante, ya que iba a hacer la ruta sur, uno de los platos fuertes del viaje. Y lo cierto es que volví al hotel, pero me aburrí y decidí salir a explorar un poco la capital, que lo cierto es que apenas había visto. La verdad es que, al menos el centro, está extremadamente cuidada y limpia y tiene lugares muy interesantes para visitar, como la Plaza de la República, la Mezquita Azul, la Cascada…

Termino cenando una ensalada y jugando un backgammon en un bar con terraza, tras enrollarme a hablar con cuatro señores mayores que me sueltan la lista de todos los jugadores del Real Madrid a modo de saludo cuando digo que soy español. La paliza que me pegó el abuelo al backgammon todavía les tiene que dar para reírse.

Undécimo día. Llego al límite. Ni lagos ni cámara. ¡Vivan los novios!

El reparto que he hecho de los sitios que quiero ver hace que hoy sea un día intenso, así que madrugo mucho más que otros días y me pongo en marcha casi al amanecer. Mi primera parada es en Geghard. Con razón se trata de uno de los monasterios más visitados de Armenia… Porque se trata de un monasterio parcialmente excavado en la roca. Tiene un altar construido directamente sobre roca, un manantial del que supuestamente brota agua sagrada, además de otras estructuras antiquísimas, ya que algunos edificios datan del siglo III. A unos minutos de él está el templo de Garni. Si hasta ahora había visto construcciones cristianas, el templo es griego y es del siglo I y está muy bien conservado y restaurado. Sorprende mucho, ya que casi te has acostumbrado a que todo sea cristiano en Armenia.

Mi siguiente parada, también muy cerca, es Khor Virap. Razones históricas aparte (se erigió en honor a San Gregorio, que estuvo encarcelado cerca de él), lo mejor del templo son las vistas del monte Ararat (que está en territorio turco), en el que Noé desembarcó cuando las aguas bajaron, y que es una impresionante mole en medio de la nada. También lo bordea un antiquísimo cementerio. Aprovecho y me hago los selfies de rigor, con el Ararat al fondo. Reanudo camino hasta Koshrov, un parque natural armenio con una belleza paisajística inmensa, pero que hay que recorrer andando y, desgraciadamente, no dispongo de tiempo para ello, así que rápidamente pongo rumbo al sur de Armenia, durante más de ciento cincuenta kilómetros, hasta parar en Zorats Karer, que creo que queda claro de lo que se trata si os digo que lo llaman el Stonehenge armenio. El acceso se hace por un camino de cabras, pero decido ir con la moto hasta la misma entrada, adelantando a grandes grupos de turistas que van caminando desde los autobuses que los dejan en las carreteras. Voy despacio, porque no quiero llenarles de polvo y, de repente, una niña que no ha visto que vengo, se me cruza por delante. Tengo que pegar un frenazo y, como voy de pie, casi no tengo tiempo de echar el pie al suelo y consigo parar la caída en el último momento, de eso que estás “no la aguanto, no la aguanto…”.

El padre y la niña se deshacen en disculpas y les sonrío, diciendo que no pasa nada en inglés y que si la niña está bien. Empezamos a hablar de dónde vengo, que ellos son de Australia, que si yo conozco Perth. Al final, terminamos tomándonos un refresco y hablando de Armenia y de viajes por el mundo, porque resulta ser un cocinero medio famoso que dedica parte del año a viajar para conocer nuevos ingredientes y sabores. Me da una tarjeta de sus restaurantes y nos despedimos con un abrazo.

Sigo bajando hacia el sur, hacia mi último destino y uno de los más famosos de Armenia, el monasterio de Tatev. Lo hago por una impresionante carretera que parece pensada para motos. Dos carriles, buen asfalto, puerto de montaña e impresionante paisaje. Los últimos kilómetros pasan volando mientras disfruto como un niño a lomos de Potrilla.

Paro a comer algo en un puesto de carretera, con un delicioso olor a barbacoa. Pido un par de pinchos morunos que resultan estar asquerosos. Estoy a punto de tirarlos cuando se acerca un tipo muy sonriente que chapurrea inglés. Me pregunta si me gusta la comida, le digo que la verdad es que no… Me dice que si quiero comer bien, por unos 3 euros al cambio me puede llevar a un sitio que se come muy bien. Me fío y sigo su viejo Lada hasta un restaurante a unos kilómetros. Habla con los camareros y, tras echar un vistazo a la comida, decido darle el doble. ¡Menudo festín!

Estoy alucinando con la comida, por cantidad, variedad y calidad, por la presentación… Cuando empieza a entrar gente muy arreglada que se me quedan mirando. Tras ellos, veo entrar unos novios… Todo el mundo en silencio, mirándome. Ya se acerca alguien a hablarme y medio en inglés medio por señas les explico que a mí me ha metido un señor por 3 euros . Al final, muchas risas, me dicen que me quede a la boda, aunque vaya de moto. Les deseé suerte y todavía muerto de vergüenza reemprendí camino.

Llego a Tatev, parando primero en lo alto de la montaña, donde está uno de los teleféricos más largos del mundo y que hace una impresionante bajada y subida al monasterio. Como el trayecto es largo, aprovecho y me cambio de ropa antes de subir, poniéndome algo cómodo. Desgraciadamente, mi mala cabeza hace que con la ropa de la moto deje la cámara en las maletas, así que me quedo sin foto de la impresionante vista aérea. Y bien que me duele, porque para tomar el teleférico tengo que hacer una cola de hora y media para comprar los tiques. Como es temprano cuando hago el trayecto de vuelta, decido acercarme con la moto y sacarle, al menos, unas fotos del interior del monasterio. Así que cojo la moto y hago la preciosa bajada al valle, por una de esas carreteras que no se olvidan en la vida. Aquello me recuerda al Stelvio, en los Alpes. En lo más profundo del valle hay un río que forma unas impresionantes cuevas, así que paro a echar un vistazo y sentir envidia de la gente que está bañándose.

La subida al monasterio no está asfaltada. Es una pista sin complicaciones, pero es un tramo muy largo, totalmente revirado, con mucho tráfico, muy polvoriento y con algunas trampas en forma de piedras sueltas. Son unos diez kilómetros que se hacen eternos y me pegan una buena paliza, pues suben tantos coches que se va siempre a esa velocidad en la que la moto apenas mantiene el equilibrio, por lo que no puedo llevar inercia para pasar algunas zonas y sufro más de la cuenta. A la bajada, me pasa lo mismo, con la dificultad añadida de tener que estar frenando continuamente para no comerme el coche de delante. Menos mal que el monasterio y sus vistas compensan las casi dos horas y media que pierdo entre subida y bajada, pero el retraso va a hacer que se me haga de noche a la vuelta. Aun así, tomo un desvió que he visto en Google, por una carretera de montaña. En realidad, no hay nada, pero es un punto emblemático para mí. Desde esa posición, en la que solo hay un pequeño mirador con el símbolo de Armenia, el águila, en piedra, tengo la visión de tres macizos montañosos que son frontera. A mi derecha está Nagorno Karabaj, el territorio por el que de vez en cuando se lía parda entre Armenia y Azerbaiyán, que precisamente queda a mi izquierda. Y de frente tengo a Irán, país que pienso visitar tan pronto como sea posible. Es algo simbólico para mí, ya que en realidad solo se ven montañas, y me quedo un rato a solas con mis pensamientos, dando gracias por los momentos que he vivido y por tener la posibilidad de hacerlo.

Al final, casi agradezco el retraso, porque el atardecer me pilla justo en el tramo de carretera en el que se ve el monte Ararat, así que disfruto de la visión del monte con el solo poniéndose, que guardaré para siempre en mi memoria. Y así concluye mi último día en Armenia, antes de iniciar el regreso al día siguiente.

Duodécimo día. Bonito souvenir armenio, hago caca delante de un policía.

 

Madrugo bastante porque no sé muy bien cómo va a estar la carretera que me lleva a la frontera turca. Ni aparece en mis mapas de papel, ni en el GPS, así que voy un poco a la aventura, pese a que vi muchas indicaciones en la carretera antes de entrar en Armenia.

Cargo la moto y me doy una pequeña vuelta por la Ereván, a modo de despedida. Tomo la misma carretera por la que vine. Y juro que lo que cuento a continuación es verdad, aunque sea de esas cosas que te dan que pensar durante un tiempo. Voy conduciendo con el control de crucero puesto, a cien kilómetros hora, porque el límite de la carretera por la que voy es de noventa. Voy pensando en que me han saltado al menos cinco radares en estos días, y que pese a la cantidad de policía de tráfico que he visto, no he tenido ningún problema, ni ninguna mordida como me pasó en Perú. Y eso estoy pensando cuando me cruzo con un coche de policía que pone las sirenas al llegar a mi altura y hace un cambio de sentido a lo americano para ponerse detrás de mí.

En fin, que uno de los policías se baja, el otro se queda en el coche, llega a mi altura y me dice “Buenos días… Lleva usted una moto muy buena y grande”. Por experiencia, sé que si un policía de estos países comienza hablando tan amable… En fin, que me dice que he pasado por el “pueblo” (solo se ve una casa a quinientos metros de la carretera) a tal velocidad que el radar que llevan en el coche “no ha podido ni calcular mi velocidad”. Me dan ganas de decirle que sí, que justo iba a saltar al hiperespacio, pero bueno, que ya sé lo que toca cuando me pregunta si me han multado durante los días que llevo en Armenia y al responder que no, me dice “sería una pena que yo te ponga una multa y estropeara tu reputación”. Me dice que la multa oficial serían unos doscientos euros al cambio, pero que me la deja en la mitad. Le digo que cien euros de multa no pienso pagar, me dice que entonces me pone la de doscientos, le digo que tendría que ir al banco, porque solo tengo el equivalente a veinte euros en moneda armenia, mientras le muestro la cartera y cometo el error de abrirla demasiado y que se muestren también los billetes de cincuenta euros que llevo. El amable agente, con la velocidad de una cobra al ataque, lanza la mano a mi cartera, trinca los cincuenta euros y los lanza a su compañero por la ventanilla del coche. Con lo de la velocidad de cobra al ataque me quedo corto. Su mano hace silbar el aire. Ni Bruce Lee hubiera podido parar el certero ataque. Prácticamente le falta besarme en la boca de lo contento que me despide y me dice que tenga cuidado en la carretera, que es peligrosa.

Sin más incidentes llego a la frontera con Georgia. Los trámites de salida en la parte armenia son rápidos, consisten en enseñar los papeles que te dan a la entrada para comprobar que pagaste todo. La entrada en Georgia, igualmente sencilla, sin problemas. Recorro los kilómetros hasta el desvío que indica la frontera con Turquía por una carretera de asfalto impecable y trazado con curvas. Atravieso un parque natural con el lago Khozapini a mi izquierda y casi sin darme cuenta llego a la frontera con Turquía. No solo la carretera ha resultado ser excelente (hacía días que no me tocaba un tramo de pistas en algún momento), si no que la frontera está desierta de vehículos particulares y hago el lado georgiano en dos minutos. Pero al llegar al lado turco, me toca un oficial aburrido, que decide que el español le va a alegrar el día. Primero tengo que esperar cinco minutos a que termine de tomarse el té con sus “amiguitos” policías, mientras los escucho hablar de fútbol, porque reconozco nombres de equipos españoles.

Por fin me atiende, me pide el pasaporte, la visa turca, la carta verde del seguro… Y me dice que esa carta verde no vale, que no es original porque la he impreso yo. Le explico que ya no hay original, que cuando la pido a mi compañía, me la mandan por email y me dicen que la imprima yo. Me dice que no. Al final, menos mal que llevo la del año anterior y puede compararlas y dice que bueno, que vale. Pienso que ya está todo pasado cuando sale de la cabina, rodeado de sus amiguitos, y me pregunta si llevo tabaco o medicamentos. Pienso en mentir, pero no quiero problemas, así que le digo que sí, que llevo ambas cosas. Me pide que se las muestre, lo que está fenomenal porque llevo ambas cosas al fondo de una de las maletas. Saco todo y le muestro el paquete de tabaco de pipa que llevo, saco el botiquín y lo abre, preguntándome para qué es cada pastilla. Le voy diciendo “Eso es como Aspirina, eso es antiinflamatorio, eso es un antibiótico genérico…”, hasta que llega a la caja del Fortasec, que para el que no lo sepa, es para cortarte las cagalinas. Me ve dudar y se pone nervioso y me insiste que qué es eso. Intento decirle “anti-diarrea” en inglés, peor no entiende, lo digo en español y vuelvo al inglés, cambiando la pronunciación, pero no entiende e insiste poniéndose firme. Los amiguitos policías no se pierden la escena, así que un poco harto, me pongo a hacer mímica. Hago como que como “Ñam, ñam, mmmmm, qué rico”, luego me froto la barriga “¡Ay!, me duele la tripa”, luego hago como que sudo y, finalmente, me pongo en cuclillas y empiezo a hacer los internacionales sonidos de que me estoy yendo por la pata abajo. Al resto de policías les falta aplaudir mi actuación, que, modestia aparte, me ha quedado de óscar y el pesado, finalmente, esboza una media sonrisa, ¡sella mi pasaporte y me dice “Go!”.

Entro en Turquía por una preciosa carretera y rápidamente me doy cuenta de cómo ha cambiado mi impresión del país. Ahora me parece la civilización absoluta, con su asfalto, sus señales, sus carreteras con las rayas pintadas…

Además, el paisaje vuelve a ser espectacular. Menos mal que vuelvo a la realidad cuando la carretera se corta por obras y vuelvo a ir por pistas sin asfaltar, algo que se va sucediendo prácticamente durante el resto del viaje por Turquía.

Cuando queda una hora para anochecer, siguiendo mi norma, busco un sitio donde dormir, parándome en la primera ciudad con un tamaño respetable que veo. Busco el primer hotel que me aparece en el GPS y resulta estar prácticamente en el centro de la ciudad, en una animada calle llena de terrazas con turcos tomando té, fumando cachimbas y jugando al ajedrez. La habitación cuesta nueve euros al cambio y el hotel es viejo y cutre, pero está muy limpio y hay Wifi y agua caliente, que al final es lo único que necesito.

Me ducho y doy una vuelta por la ciudad, hasta encontrar un sitio donde cenar y tras tomar un té, me voy a la cama.

Decimotercer día. El culo de hierro, asfalto y obras.

 

Si a la venida he cruzado Turquía por el norte, siempre pegado al Mar Negro, ahora la estoy cruzando por la D-100, más o menos por el centro. Esto me permite ver una Turquía más rural, más islámica y menos occidentalizada. Lo noto en la ropa de la gente, en lo alegres que se ponen cuando les saludo con un salam aleikum al entrar en gasolineras o restaurantes. Es increíble cómo les cambia la cara solamente por decir esas palabras. Supongo que les sorprende gratamente que un guiri que no habla turco les salude así. Lo cierto es que esa pequeña muestra de amabilidad siempre es correspondida por ellos.

La D-100 tiene muy poco tráfico, muy buen asfalto y, además, cada diez kilómetros uno en obras, que casi se agradece para evitar la rutina. No lo he dicho, pero mi plan es cruzar Turquía sin más, ya que quiero dedicarle un viaje exclusivo a este país, que me ha dejado fascinado. Así que avanzo disfrutando de los tramos montañosos que cruzo, y aprovechando para recordar lo vivido en los tramos más rectos y aburridos.

Avanzo a buena velocidad, en los tramos asfaltados a ciento veinte y paro a comer un kebap, por lo que recorro una buena cantidad de kilómetros. Cuando llega la hora de buscar hotel, para en un pueblo, donde me indican dónde hay uno. Está junto a la estación de autobuses y solo por su aspecto exterior decido no quedarme. Así que me toca volver a la carretera y buscar. Finalmente, casi una hora después, paro en una gasolinera que tiene un edificio adyacente que es hotel. El recepcionista no habla inglés, ni siquiera me entiende cuando intento simplificar y le digo “One room, only me” y tengo que pintar en un papel un tío, una cama, y una luna con un uno al lado. Le doy el pasaporte y me tiene veinte minutos de pie, mientras se pelea con el ordenador. Le digo que voy a cenar mientras, de nuevo por señas y me voy al restaurante de la gasolinera, que tiene un menú económico y está repleto de camioneros. Ceno, compro una pegatina de Turquía que he visto, me tomo un té, hablo por WhatsApp con mi familia y mi chica, vuelvo al hotel… Y espero otros quince minutos porque todavía no ha terminado de rellenar el formulario en el ordenador. Al final, desesperado, paso al otro lado del mostrador, le quito de en medio y yo mismo relleno el alta con mis datos, en apenas dos minutos y comprendiendo que lo que le pasaba es que el programa está en inglés y no sabe ni por dónde empezar.

Cuando por fin estoy cómodo en la habitación, me pongo a repasar la ruta y veo que estoy a cien kilómetros de Estambul, y que me he metido para el cuerpo la bonita cifra de mil trescientos kilómetros.

Evidentemente, no hay ganas de fotos…

Decimocuarto día. Navegando hasta Sofía.

 

Me levanto temprano y feliz, porque con la paliza de ayer, mi objetivo de cruzar a Bulgaria y dormir en Sofía está chupado. Bajo a por la moto y veo una VStrom aparcada junto a mi moto. Por las maletas que lleva, las ruedas atadas a las defensas, intuyo que es alguien que o va o viene de algún sitio lejano, así que hago un poco de tiempo a ver si baja. No tarda mucho y nos ponemos a hablar, se llama Pavlo, es de Polonia y ha hecho prácticamente el mismo recorrido, aunque no hemos coincidido. Como siempre, hablamos de las motos, de las ruedas, de otros viajes… Al final, lo bonito de esto es que aun siendo de países distintos, nos mueve lo mismo.

Salgo muy relajado, porque a Sofía apenas tengo setecientos kilómetros, que eso no es nada para mí. Cometo el error, por pura vaguería de no ir a recargar la tarjeta del peaje de las autopistas, de poner en el GPS la opción de no ir por autopistas de pago. A esto se suma que a cincuenta kilómetros de Estambul empieza a llover. Lo que es una fina llovizna se transforma en un aguacero impresionante. Y me veo atrapado cruzando Estambul, que ya de por sí es complicado, y más con la conducción a la turca que practican, con una lluvia que apenas deja ver a un metro. La caravana es tremenda y los coches no respetan las distancias, llegándome a golpear en las maletas en una ocasión. La carretera se inunda y un río de más de un palmo corre por el asfalto, por lo que no veo carriles, ni dónde pisa la rueda. No puedo meterme entre coches por las maletas, y a pesar de la lluvia, como la temperatura es cálida, me aso de calor. Y así estoy las casi tres horas que estoy atrapado entre coches que apenas avanzan, soportando la lluvia.

Reventado, veo un Burger King y me paro, porque he tardado tres horas en hacer poco más de cien kilómetros. Me replanteo todo el día y me desanimo, porque estoy molido, pero finalmente me animo a mí mismo y me digo que voy a llegar a Sofía y me voy a tomar una cerveza de dos litros. Cruzo la frontera sin problemas, gracias a que me cuelo a todo el mundo, porque he pillado el día en el que todos los turcos que trabajan en Alemania vuelven de sus vacaciones y las colas son de horas. Llego a Sofía a buena hora de la tarde, porque el asfalto búlgaro es perfecto y las autovías permiten ir a buena velocidad. Esto es Europa y se nota. Mi hotel está en el centro, pero estoy molido y apenas salgo para buscar dónde cenar, tomarme algo e irme a dormir.

Decimoquinto día. Desayuno en Bulgaria, como en Serbia y duermo en Hungría.

Por la mañana recorro la ciudad y visito lo más típico, la catedral, la Iglesia Rusa de San Nicolás, la Mezquita Banya Bashi. Todas me impresionan por su belleza, sobre todo la catedral y la iglesia. Bulgaria en general me sorprende por su orden, su limpieza… Y lo bien que conducen. Sofía me deja enamorado y con la promesa interior de que volveré.

Sigo por la autopista rumbo a mi siguiente destino, Serbia. La entrada la hago por una preciosa carretera, aunque pronto se convierte en una recta interminable sin mucho que ver. Voy directo a la capital, Belgrado, pues mi intención es parar solo a comer y dormir en Budapest. En mis planes iniciales estaba desviarme a Rumanía, pero me han advertido de que ahora mismo medio país está en obras y es preferible aplazar la visita al año que viene. Sin más problemas entro en Serbia y voy directo a la capital, donde aprovecho para comprobar que apenas ha quedado nada en pie tras la guerra. Debo decir que ya hace un par de días que noto que la rueda delantera pierde aire, aunque solo durante las noches. Decido comer en Belgrado, y cuando voy a coger la moto, la rueda delantera está completamente desinflada. Saco el compresor y, al dar aire, me doy cuenta de que es la válvula la que pierde y que ya lo hace de manera muy rápida. Así que, dado que es un día de diario y apenas son las cinco, busco un taller donde puedan reemplazar la válvula.

Mi GPS tiene una opción para buscar “Sitios de interés para motoristas”, así que rebusco a ver qué encuentro y veo uno llamado “KTM Racing Caffe”. Está muy cerca del centro, así que decido acercarme a ver si hay algún motero que pueda decirme un lugar de ruedas para moto. Al llegar, me recibe el propietario del concesionario KTM, del que el café forma parte. Hace una llamada telefónica y me dice que le siga, que me lleva hasta su taller. El mecánico resulta ser un tío curiosísimo, de los que lleva 50 años arreglando motos. Mientras me cambia la válvula, me echo unas buenas risas con él y con Zeljko, que es quien me ha llevado hasta ahí. Terminada de arreglar la rueda, me cobra diez euros y me invita a una cerveza. La verdad es que no me puedo quejar para nada, todo lo contrario.

Agradecido, abandono Belgrado más tarde de lo previsto y pongo rumbo a Budapest, donde llego ya de noche y me quedo con la boca abierta. Sigo la calle que va paralela al río y los edificios iluminados junto con la belleza arquitectónica de la ciudad me dejan sin habla. Sabía que Budapest es bonito, pero no tanto. Se me hace tarde y apenas tengo tiempo de salir a cenar algo antes de irme a la cama.

Decimosexto día. Desayuno en Hungría, como en Eslovenia y duermo en Italia.

 

Aprovecho la mañana para hacer turismo por la preciosa Budapest. Me reafirmo en que es de las capitales más bonitas que he visto. Me da una pena tremenda tener que dejarla habiendo estado tan poco tiempo, así que, por enésima vez en el viaje, me prometo que volveré en otra ocasión. Cojo autopista rumbo a Eslovenia. Quiero comer en Liubliana, capital que ya he visitado y que me encanta. No me defrauda, y está aún más bonita que en mi anterior visita. Doy un agradable paseo por el centro y como un delicioso rissoto en una terraza. He entrado a Eslovenia por el norte, zona del país que no conocía y que me ha encantado, igual que el sur. Y había pensado parar en Postonia para visitar las increíbles cuevas, de camino a Italia. Pero siendo agosto y fin de semana, en la ventanilla donde se compran los tiques del tren que recorre la cueva me dicen que ese día ya no hay plazas, así que un poco defraudado, porque es la segunda vez que me quedo con las ganas, sigo camino. Mi objetivo es ir a Génova para coger el ferry. No tengo billete, porque preferí no cogerlo hasta que no estuviera seguro de qué día iba a volver, y cuando he ido a comprarlo por internet, la web no me dejaba. Así que el plan es hacer todos los kilómetros que pueda para ir bien temprano a Génova y preguntar en las taquillas de la naviera. Si no hubiera billetes… Pues plan B, que no es otro que irme por carretera.

Finalmente me quedo a unos 150 kilómetros de Génova, en un hotel de esos rápidos en Piacenza. No tengo tiempo de visitar la ciudad y estoy en una zona industrial, así que no hago nada excepto irme a la cama.

Decimoséptimo y decimoctavo día. Génova y Ferry. Pierdo aceite.

 

Según lo planeado, me acerco al puerto por la mañana, a primera hora. Busco la taquilla y consigo un pasaje en butaca. La persona que me lo vende me dice que es uno de los últimos cinco billetes disponibles. Por los pelos.

Me quedan unas horas para el embarque, así que doy una vuelta por Génova, ciudad que solo he visto de coger ferris. El puerto antiguo guarda una réplica de un galón que me impresiona. Me despido de tierra firme comiendo un buen plato de pasta y bebiendo una cerveza. Busco dónde ponerme algo de ropa cómoda y me voy a la zona de embarque. Esperando en la cola ya coincido con más españoles y entablamos conversación, especialmente con dos parejas, que han llegado de recorrer Italia unos y la Selva Negra otros. Me hace gracia que uno de ellos me dice “Ya sabía yo que venías de muy lejos por la mierda que tiene la moto”.

Estamos esperando a que nos dejen embarcar cuando me fijo que tengo manchado de aceite la parte baja del cardán. No parecen mucho, pero es algo que me preocupa bastante. Empiezo a buscar por internet y a tirar de contactos, a ver qué puede ser (tiene toda la pinta de retén) y qué es lo mejor que puedo hacer. Finalmente, como aún me quedan unos días de margen, decido que en cuanto llegue a Barcelona buscaré un hotel (la llegada estaba prevista sobre las 12:00 de un domingo) y, al día siguiente, iré a un servicio oficial de Triumph para que me miren y me digan si se puede arreglar, si llamo a la asistencia o puedo irme a Madrid.

En el ferry apenas pego ojo. En este ferry no se permite dormir fuera de los camarotes o butacas, y resulta que hace un frío de muerte. Si en el de venida no podía dormir por el calor, en este me pasa lo contrario. Me tapo con una toalla que llevo, pero me paso toda la noche con los dientes castañeteando. Puñeteros ferris, es que no hay quién acierte.

Llegamos a Barcelona prácticamente a la hora prevista y voy directo al hotel para evitar mover la moto. No sé si hacer turismo, porque hacía dos días del terrible atentado de las Ramblas y he tenido media hora de conversación con mi madre en la que me decía “No salgas, hijo, a ver si no te han secuestrado en Armenia y te van a matar en Barcelona”. Finalmente me doy una vuelta por la capital catalana, aunque reconozco que evito las zonas más abarrotadas.

Decimonoveno día. No pierdo aceite y como en Zaragoza.

Me acerco al taller de Italo Motor. Les cuento lo que me pasan y me atienden con una amabilidad increíble. El mecánico coge mi moto al momento, la revisa y me dice que probablemente la mancha de aceite lleve ahí muchos días, porque ha debido rebosar un poco, ya que no ve fugas (ejem… Esto, bueno, yo no soy muy de estar atento a la moto, mientras arranque…). Mira el nivel y está al máximo. Se niegan a cobrarme nada. Increíble el trato y la amabilidad. Desde luego, si viviera en Barcelona, sería mi taller, tuviera la moto que tuviera.

Antes de irme tengo una cita con Vitín, viajero al que sigo y que ha dado (o intentado) dar la vuelta al mundo y cuyas andanzas podéis ver en su página http://www.vitinworldtour.com/, nos ponemos de charleta y menos mal que él tenía que irse, porque ya me veía otra noche en Barcelona. Ojalá pueda retomar su viaje pronto.

Yo sí retomo el mío y hago parada en Zaragoza, comiendo en un restaurante frente al Pilar. Me tomo un café y sigo a casa, llegando al atardecer. Y ya está… Se acabó.

Con mis gatas encima y una cerveza bien fría, me pongo a repasar fotos, recuerdos… No llevo ni una hora sentado y me sorprendo a mí mismo mirando destinos para el viaje del año que viene. Me temo que el aterrizaje en el trabajo va a ser duro…